Hace un mes compré un libro sobre Pierre Auguste Renoir, pintor impresionista francés, porque un cuadro suyo desde hace algunos meses me mantiene hipnotizado. El cuadro es "El baile en el Moulin de la Galette" y al contemplarlo me inspiré para crear un pequeño relato que vendrá en un novela que llamaré "Días de juventud", que tratará sobre los amigos que alguna vez tuve y que por el momento he suspendido (la retomaré en dos semanas). Tal cuadro, también, me motivo para escribir una novela corta sobre una niña y un crimen, que terminé en un mes y que ahora paso a la computadora. La llamó "La luz entre las hojas" y me di cuenta que a pesar que busque temas cándidos, tiernos, esperanzadores para mis escritos, siempre termino abrazado a la Fatalidad.
Evito el sol para caminar por la sombra.
Hoy salí a la Ciudad en busca de un libro sobre Amedeo Modigliani. Al tenerlo en mis manos y observar "El retrato de Jeanne Hébuterne (sentada en una silla)" decidí vagar por el Metro. Pasé por las estaciones "Chabacano", "Zapata", "Puebla". De "Pantitlán" fui hasta "Mixcoac". De "Ciudad Universitaria" llegué hasta "Canal de San Juan". De "Zaragoza" me dirigí a "Tacubaya". De "Bellas Artes" viajé hasta "Oceanía". Siempre en espera de que pasara algo, de tener mucha más experiencia y así ser más viejo y así estar mucho más lejano. ...Pero no pasó nada, ¡Nunca me pasa nada!
Estoy escribiendo un cuento sobre una quinceañera y todo lo que vive en su celebración (desde que abre los ojos en la mañana hasta la madrugada); el cual he llamado "Una nube al borde del cielo". La acción la he ubicado en una zona de la Ciudad de México tildada como violenta y que según los dirigentes de la delegación donde se encuentra, es el barrio más grande de América latina tanto en extensión como en pobladores: La Agrícola Oriental. Bajé en la estación del Metro del mismo nombre para recorrer y reconocer el sitio que describiré en un papel. Llevaba mi libro de Modigliani bajo el brazo y las manos metidas en los bolsillos de mi chamarra negra. Anochecía y mi paso, más que lento, era contemplativo. Buscaba una iglesia - que es necesaria para la trama de mi cuento - y tan sólo cruzar las primeras dos calles, atravesando para llegar a la tercera, un taxi avanzó en reversa contra mí. Me enojé y le solté un puñetazo a la cajuela. El taxista - que en un principio iba pasar de largo, pero se arrepintió y dobló en la esquina - me dijo lo siguiente:
- ¡¿Qué te pasa ?! ¡¡No ves que estoy dando la vuelta!!
A lo que contesté:
- ¡¿Qué te pasa a ti, mierda?!... - y sin dudarlo, añadí: - ¡¡Bájate!!
El taxista aminoró la marcha. Afilé mi mirada y volví mis manos puños. Preparaba mis piernas para volverlas látigos cuando el taxista reflexionó, susurró algo que no entendí y se marchó. Y yo volví a gritarle:
- ¡¡Regresa aquí, imbécil!!
Cuando salgo a la Ciudad nadie sabe a donde me dirijo; No llevo conmigo reloj o cadenas o cartera o una identificación, no tengo celular y mucho menos la credencial de elector (lo único en mis bolsas son dos llaves, algún dinero, una pluma y un papel). Si aquel taxista hubiese llevado una pistola o hubiera regresado a su casa para traerla o en busca de algunos amigos mucho más violentos, quizá yo terminaría desangrado bajo una banqueta, muerto de cara al cielo nublado. Y cuando alguien recojiera mi cuerpo y llenara un informe me llamaría "Desconocido". Sería enterrado en una fosa común porque nadie me identificaría. ¡¡Nadie nunca me reclamaría como suyo!! ...A veces pienso que ese será mi final, el mejor que puedo tener.
Y pensando en esto y como mi costumbre: me adentré a una calle solitaria y oscura. En la acera contraria había una fabrica en desuso; las casas al otro lado, a pesar de su buen aspecto, parecían abandonadas. Y además de mí sólo había un joven, que caminaba diez metros adelante. Mi paso no varió en su calma y contemplación; y tal vez por ésto cuando aquel muchacho volteó hacia atrás y me descubrió, se alteró. Miró algunas veces hacia mí, tratando de reconocerme. Por fin se detuvo y esperó a que lo alcanzara. Sus ojos fueron inquisidores y los míos no dejaron de mirarlo. Pasé a centímetros de su cuerpo alto, delgado, vestido con ropas holgadas y gorra. Tenía un plumón en la mano (seguro que era grafitero) y olía a mariguana. Volteé a verlo con el rostro irritado y la ceja derecha levantada. Seguí caminando suavemente y él me siguió de igual manera. "Sólo dime algo, lanza el primer el golpe, ¡Dame un pretexto para reventarte los codos y hundirte la nariz!" pensé y estuve atento a su sombra. Luego de tres minutos en un silencio tenso arribamos a una avenida. Y la luz, una niña que arreglaba su bicicleta y una tienda con maquinas, nos separaron. Aquel joven drogado, de aspecto agresivo, quedó atrás. No tan atrás como mi niñez tímida y maltratada, como mi cuerpo golpeado y mi voz chillona.
De repente comenzó a lloviznar, pero aún así mi paso continuó inmutable, suave y contemplativo.
2 comentarios:
La editorial Catedra es muy cara.. si tuviera dinero, o cuando lo tenga, te regalaré un libro llamado "Los días felices". . . es Beckett, así que no esperes una rosa, pero lo que dicen de él... responde muchas preguntas que muchos nos hacemos al leer al hombre. Es un extraño, pero no tan solo como parecía destinado a ser.
Y yo le regalaré mi primera novela terminada, llamada "La luz entre las hojas". No es mucho, pero quizá algún día valga algo.
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