jueves, 9 de julio de 2009

Goya y Schiele.

Hoy caminaba por la Ciudad de México bajo una tarde tan caliente como mis puños.
Mi paso - ¡El paso de un ciclón! - me dirigió hacia la preparatoria donde dejé abandonada mi adolescencia (más bien: una chica se la robó). Era obvio que los recuerdos abrazarían mi cuerpo, que mis ojos se nublarían y que mi cabeza se caería de mis hombros... pero no lo permití. Fruncí el entrecejo y apreté los dientes. Si la chica de porte majestuoso en la acera contraria o el joven con la mirada felina que caminaba metros atrás mío o los novios que de pronto se peleaban, que de repente reían como niños y que estaban por rebasarme; me llamaban por mi nombre, yo me enojaba mucho más para que desaparecieran. Elizabeth Pérez Pérez, Mauricio Cuellar, Jessica Rosales y Ernesto Villaseñor no estaban allí... ¡Estaban muertos! Y a pesar que ya no deseaba permanecer más tiempo en tal lugar, mi caminar fue lento y contemplativo.
Compré un libro sobre Francisco Goya y otro sobre Egon Schiele, quedé prendido de "El 3 de mayo de 1808" (obra del primero) y de "La muerte y la muchacha" (obra de un austriaco que sólo vivió 28 años). Y entonces tomé una decisión: le romperé el cráneo con una patada al primer ratero que se cruce en mi camino.

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