domingo, 19 de julio de 2009

Siqueiros y Warhol.

Salí del Metro Bellas Artes justo cuando dejó de llover. Algunos muchachos morenos y chaparros vendían paraguas, un anciano realizaba retratos a lápiz y allá, lejos, la policía montada no miraba hacia abajo. Entre la multitud sentí que no tenía un rostro, agaché la cabeza para que nadie mirara mis ojos.
El Palacio de Bellas Artes, inexpugnable y fastuoso, me recordó lo pequeño que era, ¡Lo banal que son mis letras! Contemplé aquellas aristas y concavidades, los vitrales y las esculturas, cada esquina y cada arco. Miré las jardineras y las fuentes, los turistas que no se cansaban de sacar fotos y los tantos otros que pasaban a un lado, apresurados, rotos, sin mirar nada ni a nadie. Y entonces tuve miedo: He pasado cientos de veces frente a esta construcción, he visto un cortometraje que lo ensalza, que lo muestra por dentro; he leído sobre lo que se expone y lo que se le ofrece a cualquier visitante, aquí he ubicado algunas de las acciones de mis escritos, lo considero como el edificio más hermoso de la Ciudad, del país incluso, pero ¡Nunca he entrado al Palacio de Bellas Artes! "No debo morir sin visitarlo, admirar los murales de David Alfaro Siqueiros que se encuentran dentro" pensé esto a diez metros de la entrada, inmóvil y con la cabeza levantada.
Y de repente un muchacho se me acercó.
- ¿Me permites un momento? - me preguntó y noté su delgadez, su cabello despeinado, su piel morena y maltratada, pero sobre todo su fealdad. El muchacho prosiguió: - Sé que estoy feo, pero no te preocupes, no te voy a hacer nada.
Reí como no lo había hecho en el día y aquel sacó de una bolsa un muestrario hecho de tela donde exhibía veinte pulseras de colores variopintos y del mismo material.
- Yo las hago.- me presumió y de inmediato le contesté:
- No... - le mostré mis muñecas - Yo no uso eso, nada en el cuerpo. ...Lo único que quiero es ser libre.
El muchacho feo me miró como si fuese un extraterrestre y luego me propuso:
- Comprale una a tu novia.
Mis ojos se entrecerraron y con una voz cavernosa finalicé:
- No... tengo... novia...
- Bueno, ¡Gracias! - pronunció y de inmediato se acercó a otros posibles compradores.
Traté de recordar que es lo que hacía parado frente al Palacio de Bellas Artes, para que había salido al centro de la Ciudad, cuando escuché que aquel volvía a decir:
- Sé que estoy feo, pero no se preocupen, no les voy a hacer nada... Bueno, sólo darles un beso a cada una...
Solté una carcajada y le di la espalda al edificio que año con año se hunde cada vez más. Corrí hacia una librería, pensando en Marilyn Monroe repetida hasta el hartazgo y en colores tan vivos como molestos. Compré un libro sobre Andy Warhol y poco antes de que pagara, en un monitor que colgaba del techo, comenzó a reproducirse el videoclip más importante de la historia: "Thriller" de Michael Jackson. Me emocioné, pero no por la canción o por aquel baile inolvidable: Una adolescente de unos 18 años abrazaba por la espalda a su hermanito, ambos miraban embobados aquel vídeo y ella, al sonreír, detenía el tiempo con el fulgor de sus ojos azules. "Mirame... mirame... mirame..." deseé con fuerza al pasar a un lado de ella.
Salí de la librería. Y caminé por la calle Francisco I. Madero hasta el Zócalo, hasta la casa donde vivo, ¡Hasta la noche!, sin que nadie me mirara otra vez.

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