"¿Por qué un libro de un inolvidable y definitivo Amado Nervo es más barato que el de un pretencioso y gris Jorge Volpi? ¿Por qué cuesta más caro algo de Paulo Coelho que algo de Jorge Amado? ¿Por qué el precio es mayor si se trata de Dan Brown y menor si es William Golding? No entiendo, ¿entre más mediocridad es más caro el libro, entre más contemporáneo un autor más dinero debe recibir la editorial? Y ésto no sólo atañe a la literatura, no. He buscado libros de Roy Lichtenstein y lo pocos que encuentro son dañinos para mi bolsillo; su arte, aunque interesante, es menor. Mayores - ¡Y menores en el precio! - son los Rubens, los Caravaggio, los Rafael, los Goya." me preguntaba mientras buscaba entre los libros algo de Rodin, que desafortunadamente no hallé. El joven librero que me prometió un tomo no se veía por ningún lado. "La siguiente semana ya no voy a estar aquí, me van a cambiar" recordé que me dijo y me maldije por estarme despertando a las siete de la noche estos últimos días y por lo tanto no asistir a las citas que con ciertas personas he acordado.
- ¿Me puede pasar el de Monet? - le pedí al hombre moreno, chaparro, regordete y con la cara hinchada como si hubiese sido golpeada.
Anochecía y me encontraba dentro de la línea siete del Metro, la que corre de El Rosario a Barranca del muerto. Me senté para observar las obras de Claude Monet: "El Parlamento. Puesta de sol", "Impresión. Sol naciente" (de tal pintura viene la denominación para aquel movimiento nacido en Francia a finales del siglo XIX: El Impresionismo), su serie de "Ninfeas" y sobre todo: "El paseo. Mujer con sombrilla". En la estación Mixcoac levanté la mirada porque un hombre maduro se sentó frente a mí. Observé su altura, su calvicie, sus ojeras, su piel blanquecina, su vientre abultado... Vino a mi mente un vídeo que hace días presencié, donde un hombre con las mismas características, pero ucraniano, era agredido por tres muchachos. En las orillas de un bosque, después de recibir algunos martillazos en la cara (y tener la nariz doblada y la cara totalmente roja) caía al suelo. Y allí, mientras uno de los jóvenes videogrababa, los dos restantes, por turnos, le removían las entrañas con un desarmador y le rasgaban y le metían en una cuenca ocular otra punta filosa. El hombre, delirante y torpe, movía uno de sus brazos para apartar las armas... sin lograrlo.
Bajé en la siguiente estación y caminé en la noche - ¡Una noche fría y distante! - por las colonias "8 de agosto" y "San Pedro de los pinos" en busca de problemas. Sin embargo, los únicos problemas que tengo están en mi cabeza.
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