Hoy caminaba por la Ciudad de México, bajo un atardecer tan gris como mi vida.
Mi paso solitario de pronto se halló dentro del metro y por delante mío una pareja de novios se sostenía de las manos de tal manera que parecía que si se soltaban el andén se partiría en dos. Eran jóvenes, tanto como algún día yo también lo fui (a veces creo que soy el muchacho más viejo de la tierra). La chica era delgada y llevaba puestas unas botas verdes que la hacían ver imponente. El novio era moreno, de cuerpo atlético. Y ambos llevaban mochilas como si estuviesen por iniciar un viaje (¡Que es el amor sino, antes que la muerte, el viaje más trepidante de todos!). De repente el suéter que el joven llevaba sujeto en la mochila se cayó. La novia se apresuró a levantarlo y al entregárselo le sonrió. Tal gesto de ternura hizo que mis ojos se entrecerraran y que mis manos se volvieran puños. Recordé a todas las chicas que alguna vez voltearon a verme, sus siluetas, sus cabellos, su juventud.
Amores pasados: ¡Que tristes, vetustos y quebrados se han vuelto!
Caminé lento para poder espiar a aquellos novios, aprecié la forma como se miraban, la forma de sus cuerpos, la forma de sus sombras. Y ellos en ningún momento supieron que un loco iba detrás.
Había comprado unos libros sobre Edgar Degas y Edvard Munch y los llevaba bajo el brazo. De pronto imaginé la vida cotidiana de éstos artistas, ¿Qué habrán sentido al caminar por el mundo? ¿Cuántas mujeres amaron en secreto? ¿Cuánta atención recibieron cuando eran jóvenes?
En una intersección del camino los novios perdieron presencia, sin remedio cayeron por un par de grietas. Y yo, el Extraño de la noche, el Loco en un mundo cuerdo, el Solitario combatiente, alcé mis libros para que la gente los mirara. Esperé que alguien, ¡quien fuese!, se acercara para hablar conmigo sobre Pintura, una de las artes que empiezo a conocer.
Sin embargo nadie me habló.
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