Para aquellos que les hizo sentir añoranza o desolación la película de Gus Van Sant: "Paranoid Park". A mí, además de las sensaciones escritas antes, me hipnotizó. Lo a continuación escrito lo hice un año antes de que dicha película fuese estrenada (2007); si hubiese sido al revés mi relato hubiera resultado intenso y no la mierda que es.
Un revoltijo de colores, de texturas. La luna sentada a la mesa. Tres personas abstractas. Niños que lloran música. Cruces, tumbas, tierra. El vértigo que acompaña a los finales trepidantes. Y la luz...
Alessandro Centeno abre los ojos. Despierta.
Son las once de la mañana de un martes cualquiera y él permanece absorto mirando al techo. El techo se transforma en rostros conocidos: su hermana menor: Fabiana, su madre, el esposo de su madre, su padre, Cori, Zyen, Macre, el Abuelo, Susex, Malena, DJ Shadow, el Santo, Eva Angelina...
Media hora después se levanta, pero no arregla su cama. En la sala del departamento donde vive sólo con su padre prende el televisor. Al no encontrar algo digno de atención apaga el aparato. Enciende la computadora y en Internet accede a paginas de skatebording o de vídeos musicales o de asesinos seriales o en último caso entra a salas de chat.
Tras unos minutos Alessandro Centeno se recarga totalmente en el respaldo de su silla, posiciona su cabeza de tal manera que puede mirar el techo. Se estira un poco más y su cabeza llega más atrás, y de manera inversa puede contemplar gran parte de la sala del departamento. Allí está una mesa, unos sillones, un ventanal. Allí está un reproductor de vídeo, un calendario, una foto inmensa donde casi toda su familia del lado paterno se encuentra. Y se le puede ver a él cinco años más joven, en una esquina, y aunque sonríe como nunca antes lo había hecho, dos de sus tíos lo ocultan casi por completo.
Cuando dan las 12:30 de la mañana Alessandro se desnuda. Guarda su delgadez bajo una ducha fría. Luego de treinta minutos emerge y seca rápidamente su piel blanca, su cabello castaño, su rostro de expresión enérgica. Come cualquier producto empaquetado que encuentra en el refrigerador y en la alacena. Y mientras lo hace recoge el billete que su padre le dejó en la mesa.
Su padre es dentista en una clínica del ISSTE. Casi no se ven, casi no se hablan. Aquel trabaja en la mañana y Alessandro va a la escuela en la tarde. Y aunque el fin de semana podrían pasarlo juntos, su padre visita a su abuela o va a la iglesia y él se dirige a cualquier parte de la Ciudad a patinar. Su padre hace de comer, realiza quehaceres domésticos, compra lo que el departamento le demanda, le deja dinero en la mesa para sus gastos personales; Pero aún así Alessandro permanece indiferente. Que la vida fluya sin diques, que su padre se canse más, envejezca, muera; y él aproveche la oportunidad que venga - Alesandro creé que habrá una - para salir de aquí. Teme que la soledad que lo acongoja agrande su talla. Le arrebate el piso y lo obligue a flotar hasta llegar al sol y consumirse. De ser así él saldrá desesperadamente a la calle en busca de una ancla llamada Mujer.
Alessandro toma su mochila - grande, mugrosa y negra - y su patineta. Cierra la puerta del departamento y al comenzar a bajar las escaleras del edificio decide que, en vez de entrar a su primera clase, irá a patinar un poco en el deportivo aledaño a la preparatoria. Cuando está en la avenida, rodeado de tantos testigos, pone la patineta en el piso y tras un breve impulso se monta en ella. Se aleja, la brisa toma el lugar de sus ojos, su boca se llena de alegría. Sigue, prosigue, continúa: Alessandro Centeno sólo se detiene cuando nadie lo ve.
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