lunes, 15 de junio de 2009

Nunca te haré llorar.

Ayer caminaba por la calle con mi primita Itzemitl Sarahí. Íbamos tomados de la mano sin pronunciar palabra alguna. Ella iba ataviada con una esperanza que - ¡ojala que no! - será desgarrada dentro de unos años, en su regazo cargaba un osito amarillo de peluche. Yo transitaba con la actitud intensa, mi mente domeñada por el recuerdo de una chica de ojos verdes y mis pies, más que provocar pisadas, provocaban entierros... ¡Poco a poco me despedía de mi pasado!... Me despido de él y nadie le dará un adiós conmigo. El ocaso, escoltado por un ejercito de nubes, maravillaba la cara de la Ciudad de México, le otorgaba misterio a nuestras jóvenes figuras:
¿A dónde iremos a parar?
Y de pronto le pregunté a mi primita de cinco años de edad:
- ¿Quieres que te compre algo en la tienda?
Entramos en la primera tienda que vimos. A pesar que no llevaba mucho dinero le dije que escogiera lo que quisiera. Itzemitl escogió una bolsa de papas al igual que yo. En la ventanilla donde se pagaba no encontré a nadie. Volteé hacia una de las dos entradas del lugar donde estaban platicando un par de señores. Creí que uno de ellos era el dependiente cuando de repente una voz quebradiza me dijo el precio de lo que habíamos escogido. Regresé los ojos hacia la ventanilla y observando mejor, descubrí a una adolescente güera, delgada, de una belleza mesurada, que estaba sentada en una silla muy pequeña. Su voz había sonado forzada, como si ella no quisiera que alguien estuviese allí en ese momento.
¿Por qué?
Lloraba. Alguien la había hecho llorar. Se contuvo cuando le pagué, pero sus ojos aún eran pintados por las lágrimas. Una de ellas corrió por toda su mejilla y, suicida, se lanzó hacia el billete que yo le había robado a uno de mis amigos. La adolescente me dio el cambio y de inmediato le pregunté por pañuelos desechables. Los buscó y me ofreció el paquete pequeño. Volví a pagar, pero esta vez no recibí cambio. Le di a mi primita Itzemitl su bolsa de papas y con un movimiento rápido saqué uno de los pañuelos desechables. Se lo entregué a la adolescente mientras decía lo siguiente:
- Toma. No me gustan tus lágrimas.- y la miré con intensidad.
Ella, que había evitado verme todo el tiempo, giró sus ojos cafés y encontró frente a sí un rostro extraño, serio, salvaje. Trató de sonreír, de agachar la cabeza, de hacer una mueca de disgusto... al fin no hizo nada. En sus pupilas la perplejidad se volvió fascinación. Y luego nada... Las hojas heridas por el otoño cayeron hacia la banqueta, cubriendo los orines y la sangre, el sudor y las lágrimas.
- Gracias... - la adolescente susurró y se limpió los ojos.
- No permitas que te dañe.- pronuncié con una voz mucho más vieja de lo que yo seré algún día.
Salimos de la tienda. Mi primita Itzemitl y yo abrimos nuestras bolsas de papas. Caminamos y comimos por la avenida. Ella con su oso amarillo de peluche en el regazo y yo reafirmando mi promesa: me iré a la tumba sin haber llorado otra vez.
Arriba, el cielo por fin se despejó.

2 comentarios:

Jane dijo...

si algún día llegase a morir el hombre de la soledad más desnuda, o cualquier otro de estos extraños que viajan en el tiempo y la ciudad, dejame hacer un reportaje de su muerte y usar sus escritos como testimonios... es una de esas cosas que sé que podría hacer bien, y esas cosas más que hacerse de un modo u otro, se deben hacer bien nada más. Gracias.

Alfredo Cuauhtémoc Pérez dijo...

Muerto yo mis escritos están a disposición de cualquiera que desee leerlos (incluso en este mismo momento). No valen mucho, pero al menos usted está interesado en ellos. Y eso me emociona tanto como cuando fuí aceptado en la Facultad de Filosofía y Letras.