Las navidades transcurren sin importancia para mí. Para otros el vendaval consumista los asfixia y los atavía de falsas aspiraciones. Miro las calles atragantadas con luces, el rojo y el blanco violan mis ojos hasta que quedo ciego. Cuando recupero la vista veo carteras vacías y hambre en niños que no tienen padres.
La navidad no significa mucho para mí, sólo es otro ritual en el que no pienso participar.
Llega año nuevo y entre toda mi familia yo soy el único que continúa despierto (¡Nunca podré cerrar los ojos!). Son las cinco de la mañana y hay adolescentes borrachos en la calle. Trato de escribir la primera novela que llevaré a concurso, pero sus risas ebrias me distraen. Recuerdo a mis amigos - ahora desperdigados por la Ciudad -, las fiestas en las que estuve, las chicas que trataron de atraparme con su mirada y las tantas cervezas que rechacé. De pronto alguien grita "¡Fuego!" y, en un principio, nadie le creé. Tengo curiosidad y corro hacia la azotea para ver de que se trata. Bajo un cielo despejado, realmente oscuro - ¡Nunca está más oscuro que antes de amanecer! -, una casa a unos veinte metros de la de mi madre se incendia.
¿Por qué?
a) Por los cohetes. b) Alguien hizo una fogata y perdió el control de ella. c) Todo fue gracias a una sobrecarga eléctrica. d) Cayó un rayo sobre los cables de luz. e) Un pirómano quiso empezar de la mejor manera el año.
Presencio un incendio desde la azotea de la casa de mi madre y sólo espero que una llama llegue hasta acá, que el fuego se expanda y todo el materialismo se vuelva cenizas. Que nadie llore y que el olvido me trague lenta, pero definitivamente.
...Los bomberos llegan y aunque pronto soterran el fuego con agua, mis ansias por autodestruirme se incrementan.
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