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La memoria da giros. Se excita, se acelera y me lleva hacia el último día que vi a Wendy. Es un sábado en el Centro de la Ciudad de México. Algunos maestros han enviado a sus alumnos a presenciar una obra en el Teatro de la Ciudad (también llamado Esperanza Iris). La representación termina y todos los nuevos adolescentes salen en estampida y pueblan la calle de Donceles; gritan, comentan, deciden que harán después. Mi cuerpo atlético y mi mirada desdeñosa se caen, vuelvo a ser aquel párvulo flacucho, con los ojos tímidos y la expresión ingenua. Mi valentía, mi rencor, desaparecen y otra vez soy el niño abusado por su familia, por sus amigos, por la escuela y por todo aquel que cruzara su camino con el mío. Otra vez el niño siempre despeinado, que no entendía sus cambios fisiológicos, que se bañaba cada tercer día, que le robaba billetes de quinientos pesos a su madre y que buscaba matar animales.
Wendy sale del teatro. Lleva pantalón de mezclilla y una playera muy corta y ajustada. Su cabello largo cae con delicadeza hacia sus hombros. Es negro y brillante. Sus ojos son enormes y su boca parece estar hecha de sangre. Voltea hacia un lado y luego hacia el otro, desorientada. Por fin localiza a sus amigos y antes de encaminarse hacia ellos un helicóptero cruza lentamente la Ciudad de México; vuela bajo, desplomándose. Su cola está en llamas y su hélice va perdiendo fuerza: sus cuchillas, antes miles, ahora son cientos, decenas, pronto sólo serán cuatro. Y antes de que se colapse contra la antigua Cámara de diputados, Wendy alza la cara y sus ojos relampaguean. Ya no corre, ya no persigue con todas las fuerzas de su vida. Sólo sonríe y con su sonrisa puedo entender que ¡Nunca nada es igual!
De repente alguien palmea fuertemente mi cabeza. Me doy cuenta que tengo abierta la boca y que mi pulso está acelerado.
- Vamos a ir a Chapultepec, ¿vienes? - me pregunta Alan García alias "El Mosca".
Volteo hacia mis amigos (hacia Cristopher, Marcos, Octavio, Trejo) y aunque sé que ellos se burlarán de mí y me harán pasar situaciones demasiado vergonzosas, los sigo porque no quiero quedarme solo.
Estaba solo en un atardecer de domingo y clavé la mirada en la mujer que alguna vez fue mi compañera de grupo de la primaria. Ya no era tan alta, ni delgada, ni bella como la recordaba. Había engordado algunos kilos, tenía el rostro demasiado maquillado y algunas arrugas en su frente eran imborrables. Y aunque yo nunca había dado un beso en la boca, ella estaba casada y tenía un hijo. Wendy volteó hacia mí y no me reconoció (el niño que era ya estaba enterrado). Por un momento creyó que le coqueteaba, pero al darse cuenta que mi mirada estaba más allá de eso, se desentendió de mí apenada.
Si yo quería llegar a la casa donde vivía tenía que bajar en la terminal. Sin embargo bajé una estación antes. En la calle metí mis manos en los bolsillos de mi sudadera roja y mi paso fue lento. Subí la mirada y deseé encontrar un helicóptero o al menos un avión o un pájaro cualquiera. Mas lo único que mis ojos duros hallaron fue el cielo azul de la inmortalidad.
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