domingo, 12 de julio de 2009

Humo entre los dedos. (Parte final)

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¿Cómo lo hacía?
Armando Cano vestía con ropa deportiva negra o azul marina cuando iba a robar. Cubría su rostro con una máscara antigás de uso exclusivo del ejercito (y sobre todo para una posible guerra bacteriológica) y que había comprado en un tianguis de chacharas ubicado en Santa Martha Acatitla. Las primeras tres veces llevó puesta una gorra, pero la extravió luego de salir de una tienda de videojuegos y echar a correr. Y por último cargaba un morral negro donde, además de esconder los pequeños objetos que robaba y su máscara antigás, transportaba sus gases.
Con muy poca inversión, incluso con productos del hogar, producía gases muy profusos o lacrimógenos. Antes de acceder a la tienda en cuestión lanzaba las pequeñas latas y cuando explotaban entraba y cerraba la puerta de inmediato. Si había policía lo desarmaba después de pegarle en la cabeza. Un día antes del atraco se aparecía para observar el lugar e identificar lo que robaría. Así, entre humo y clientes que lloraban, miraba el camino sin que de verdad lo hiciera. Y tras el robo corría desesperado si veía gente en la avenida o de lo contrario su paso sólo era veloz, hasta llegar a una esquina y pedir un taxi.
Aquel sábado al atardecer pensó robar unas zapatillas de fútbol. Le gustaba ver cualquier partido de fútbol y era un jugador prominente en los videojuegos, pero era muy torpe e iracundo al practicar dicho deporte. Quería aquellos tenis no sólo para vendérselos a uno de sus amigos, también porque en la tienda había una dependienta, que además de guapa, poseía unos senos enormes. Pensaba manosearla y apretarle los pezones durante diez segundos.
Y así lo hizo.
Armando Cano, alias Humo, tenía las zapatillas guardadas en el morral y le susurraba una obscenidad a la sumisa y a la vez excitada dependienta cuando escuchó que el vidrio de la puerta de entrada se rompía. Volteó y allí, difuminada por el humo, una figura oscura y enorme se acercaba.
Lo siguiente pasó muy rápido: Armando Cano, que nunca había participado en una pelea, ni siquiera intentó defenderse. La figura oscura y enorme no emitió ningún sonido, no titubeó en ningún momento como si aquello que hacía lo hubiese hecho una infinidad de veces. Lanzó tres patadas con la pierna derecha, fueron tan veloces, fuertes y precisas que en vez de tres movimientos pareció uno solo. Primero enterró la pierna en el abdomen; después, con una patada circular y pegando con el empeine, hizo voltear la cabeza a un lado; y ya por último barrió las piernas. Armando Cano, alias Humo, cayó sentado en el piso; su nariz sangró más cuando la figura oscura y enorme le arrancó con brutalidad la máscara antigás. Luego le arrebató el morral. Lo abrió y al notar que sólo llevaba las zapatillas de fútbol, permaneció inmóvil. Armando, ahogándose con la sangre y el gas lacrimógeno, no pudo distinguir el rostro de su atacante. Lo único que vio fueron sus ojos profundos y ofendidos. Al instante siguiente la figura oscura y enorme le aventó sus pertenencias en la cara y se marchó de allí.
A duras penas Armando Cano escapó de la tienda. Tomó un taxi, pero vomitó dentro y el taxista lo sacó a patadas. Trotó hacia su departamento con la ropa manchada de sudor, sangre y vomitada. Y al notar que las personas le abrían el paso mirándolo con asco, juró que si volvía a robar llevaría una pistola.

2 comentarios:

Jane dijo...

Buena idea. Las pistolas son un clásico algo gastado. Ja.

Alfredo Cuauhtémoc Pérez dijo...

Al principio pensé en un ladrón que amenaza con echarse pedos para obtener el botín. Pero creó que no funcionaría...