jueves, 3 de julio de 2008

BARA!, BARA! LA GÜERITA!

mmrggg mmmrggg....

Hoy les he venido a presentar un animal inusual, una mascota que todo hombre desearía tener; si usted tiene una similar al ejemplar que continuación le voy a presentar no la deje ir, son bastante extrañas de encontrar y casi puedo asegurar que solo hay una: ¡la mía!; pero bueno basta de tanto alarde glorioso y pasemos a la máxima presentación de la noche...


Así la presentaron, sobre una enorme caja con una tela de terciopelo rojo, rodeada de fuegos artificiales que la enceguecían, con cuatro hermosos caballos atados a las esquinas delanteras de la caja, estos servían naturalmente para trasladar al espécimen por toda la pista y que ella no moviera ni un solo dedo, bastaba con que siempre sonriera al público para que la gente arrojara todo lo que traía enzima por tenerla una hora junto a ellos.

Como verán, es la única que llora sin derramar una lagrima, jamás pide algo, espera pacientemente a que uno la voltee a ver, responde mejor que cualquier perro a las míseras caricias que a uno le sobren... sabe hacer reír, no habla si no le otorgan el permiso y esta dispuesta a desgarrarse la piel y perder los colmillos por defender a su dueño en cualquier situación (aún sabiendo que no existe una buena razón). Lo mejor de todo es... es ¡ciega!, nunca vera cuando usted le miente, si usted dice que la quiere ella lo creerá, si le dice que es horrible lo creerá tan bien como si tuviera un espejo enfrente. ¡Ah!, pero eso no es todo, tiene unas orejas muy extrañas, funcionan como una especie de tapón que impide escuchar todo lo que sea ajeno a los sonidos de su dueño, por eso siempre estará atenta a cualquier palabra y silbido de llamado. Le salva de trabajos que usted no halla hecho, es capaz de desvelarse dos días por ver a su dueño felizmente descansado y contento, es su única paga, ¡vaya!, ni alimento pide, con las sobras de la cena se consuela la muy tonta, y si usted es dadivoso con ella ya estuvo que nunca le soltó. Bueno, eso es un defecto realmente, porque, de alguna manera uno se termina hartando de tanta fidelidad...
Su ex -dueño la boto en un callejón, y ahí me la encontré, sola y aullando lastimeramente a todo el que pasaba... (La verdad es que me estoy hartando un poco de ella...) por eso he venido a ponerla al alcance de ustedes.

¡Pero, aseguro que usted, si usted joven, usted la querrá hoy!, ya después cuando se canse la vende... (Ella esta acostumbrada a ser de todos y de nadie... estas muy bien acostumbrada ¿verdad?)...

Y la sonrisa en el hocico quemado,
y la vergüenza hecha nudo en la garganta,
y el llanto en los dientes,
y la cabeza bien alta y llena de chipotes,
y las patas frías y sangrando,
y la espalda arqueada para vomitar,
y los ojos apagados y mustios...
... los dientes encajados en el brazo, la sangre en el hocico, la ira en los ojos...
Las gruesas lágrimas por fin brotaron.

- Mire este espécimen, mírelo bien, ¿no le parece preciosa?
- No doctor, la piel la tiene manchada y llena de roña, su hocico esta lleno de espuma, esta flaca y pulguienta...
- Es que usted no la esta viendo bien... aquí adentro..., si, mire, asómese, sin miedo.... aquí hay un corazón, lo acabo de encontrar... ¡SE LO VENDO!


.....

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ja, se parece mucho a un cuento de Juan Jose Arreola. Ese ejemplar no es ni ficticio, ni único, Conocí a un hombre que me contó de ellos, se los ha topado en la vida real o al menos con varios artefactos parecidos y me dijo que a pesar de que el reflejo su imagen es borrosa, los había comprado, y que funcionaban bien. Le gustaba a veces desarmarlos para ver que tenían dentro y saber como funcionaban, descbriendo que los materiales de su construcción plasmaticos y aunque despues de explorar a la hora de ensamblar ya no sabía como estaban armados. Daniel

Anónimo dijo...

Había una vez un Principito que tenía una preciosa corona. Un brujo malo y envidioso lo encerró en una torre, de donde no podía salir. El niño se encaramaba a lo alto de la torre y daba cabezazos contra los barrotes para que le oyeran y vinieran a liberarle. No le soltaron nunca y murió allí en la torre, pero el ruido que hacía con la corona y que abarcaba kilómetros y kilómetros era un sonido tan hermoso, que desde todos los lugares los hombres se paraban a escucharlo, tendiendo las manos hacia el viento o intentando recogerlo en sus brazos, tal era su belleza.