martes, 1 de julio de 2008

Estación Juaréz. (Primera parte).

Al terminar mi educación secundaria comencé a vivir en la casa de mis tíos.
En aquel primer verano, en una colonia placida, limpia y discreta - la colonia Alfonso XIII -, entre gente amable, algo simpatica, no tan ignorante o brutal como aquellas a las que estaba acostumbrado, mi encomienda era cuidar a la mamá de mi tío.
En las mañanas, en esa casa grande (que ahora se ha reducido), estaban la cocinera, un familiar de mi tío que recomponía ciertos muebles, un joven autista que se dedicaba a barrer o a ir a los mandados, mi tío Santiago que es dentista y mi tía Ciría que es maestra de filosofía.
Por las tardes, cuando mis tíos marchaban al trabajo y los restantes a sus casas, yo era el acompañante de la dueña del lugar: la señora Guadalupe Robles de 90 años de edad.
Doña Lupe era una mujer de carácter fuerte, era caprichosa y soberbia. A pesar que para ella yo era un ser despreciable, fuí su única compañía las últimas tardes de su vida (ahora, con los años, siento cierta simpatía, cierta melancolía por su figura breve y a la vez inmensa).
Mi deber era subirla a su habitación, realizarle encargos, alcanzarle cosas, encaminarla hacia el baño; exactamente a las seis servirle su merienda. Las tardes las pasabamos en su cuarto: Ella rezando, yo jugando videojuegos.
Cada fin de mes Doña Lupe recibía una pensión. Dinero que gastaba en antojos, paseos y objetos personales. Dinero que guardaba en una pequeña bolsa negra. Y de pronto, cuando ella estaba en el baño, sin dudar, yo extraía uno o dos billetes. Con el dinero juntado en cinco días y el que me daban mis tíos al pedirles, llegaba el fin de semana. Llegaba el sábado, el domingo, y yo era un quinceañero con varios billetes en los bolsillos y toda la tarde y toda la Ciudad para mí.
Tuve muchas aventuras, pero ninguna compañía: Desde entonces mi caminar era solitario...

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