Desde que mi tía Ciria y mi tío Santiago comenzaron a vivir juntos tuvieron sirvientes en su casa. Uno de ellos fue un hombre moreno, delgado, de quizá 1.50 cm de estatura. Su cara tenía cierta similitud a la de Benito Juaréz, incluso llevaba el mismo peinado. Usaba unos tenis azul marino, baratos, de la marca panam (lo recuerdo porque mi padre, siglos atrás, calzaba los mismos). Y cada vez que aparecía por la casa llevaba el mismo traje verde, aquel que lucía varias remendadas (he olvidado su nombre, tal vez también se llamaba Benito).
Don Benito (me dijeron que tenía 50 años de edad, sin embargo su cabellera era totalmente negra) era una persona lenta en movimientos, pero siempre diligente. Le gustaba conversar y su simpatía llenaba de color la habitación.
En las mañanas, en esa casa grande que de pronto se redujo, sólo estaba mi tío Santiago, Don Benito y yo. Y cuando el primero, que es dentista, no tenía pacientes iba a la cocina a comer algo. Don Benito barría, trapeaba, lavaba los trastes y cuando ambos personajes se reunían resultaban ser una gran pareja cómica. Sus temas de conversación eran tan chuscos que yo no evitaba reír. Pasaban de la trascendencia al absurdo con una gracia sin parangón: me gustaba verlos juntos...
Al regresar a clases después de las vacaciones de fin de año entendí que la preparatoria pronto estaría cerrada para mí. Un ciclo que concluye y tantas personas que dejaría de ver para siempre (y otras, las más preciadas, desaparecerían poco a poco como huellas en una playa).
Una tarde de sábado, cuando estaba solo en casa, la melancolía hizo estragos en mi mente. Me obligó a ir al consultorio de mi tío, abrir con una llave que sólo el dueño debía tener y sacar de un cajón del escritorio una cámara que reproducía las fotos al instante (aquellas que no necesitan un cuarto oscuro o una computadora para el revelado). La tomé sin permiso y varias tardes asistí a la escuela con ella, pero pocas veces me animé a sacar fotos. En las 10 fotos que tengo mis amigos aparecen sacando la lengua o haciendo groserías (no salgo en ninguna: pocas fotos hay de mi persona porque yo soy un misterio; y si aparezco lo hago en una esquina, atrás de alguien o muestro mi espalda).
Pensando devolver esa cámara al lugar donde pertenecía hasta que concluyera el año escolar, mi desición resultaría violenta.
Una mañana en la que yo estaba ausente, mi tío Santiago, por cualquier motivo, buscó su cámara fotográfica. Al no hallarla buscó un poco más. Se desesperó rapidamente y fue hacia la cocina para encarar a Don Benito, a quien eligió de inmediato como ladrón. El acusado se negó con una sinceridad casi hermosa. Mi tío insistió, quería su cámara de vuelta al instante. Y al obtener nada le dijo a Don Benito que estaba despedido. Don Benito, hasta el hartazgo de los tantos rechazos, desprecios, injusticias que había tenido hasta entonces en su vida, permitió que su enojo se volviera puños. Se lanzó a golpes en contra de mi tío y le conectó algunos en la cara. Mi tío, 15 cm más alto que él, pero más torpe, lo sujetó fuertemente. Abrazados, se movieron por el lugar hasta chocar con una ventana y romperla. Al ver los vidrios rotos, algunos con brillos demoniacos, Don Benito se marchó. Y antes de cerrar la puerta amenazó a mi tío con demandarlo por despido injustificado. La demanda llegó semanas más tarde y mi tío Santiago desenbolsó algunos miles de pesos para terminar con el asunto.
Cuando supe de esto mi expresión no permitió ningún matiz. Sin embargo esa noche sentí algo de tristeza por Don Benito y porque jamás lo volvería a ver (quizá murió solo en el cuarto de una vecindad casi derrumbada). Sentí, también, orgullo por mí. Recordando lo que había hecho en lo poco que iba de mi vida no cabía duda que yo era de esos adolescentes terribles que pueden manipular a la gente y que tanto tienen la capacidad para construir algo bello como llevar a la destrucción a cualquier incauto. ...Empezaba a evolucionar...
No volví a usar esa cámara fotográfica. La guardé en un mueble que construyó mi Padre, junto a una caja que reune ciertos objetos que evocan mis aventuras juveniles. Están allí las fotos que tomé: mis amigos, mis desiciones, mi rebeldía. Y mis últimas tardes en la prepa.
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