sábado, 16 de mayo de 2009

La patética muerte del Capitán Meteoro. (Parte quinta)

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El lugar donde se había parado se encontraba a la mitad de la calle Belisario Domínguez, a unos metros de la Plaza Garibaldi. Enfrente estaba una tienda abierta las 24 horas. Justo cuando Danny se asomó dos hombres estaban por entrar en dicho lugar. Buscaron entre sus ropas y cada uno extrajo una pistola. El metal brilló con demencia cuando ellos accedieron a la tienda de una manera furiosa. Danny Torrentera se lanzó hacia abajo de inmediato, pero la incertidumbre lo detuvo justo arriba de la puerta. "Está es una salida exclusivamente de reconocimiento: ¡No intervenir!" se dijo a si mismo y luego se preguntó: "¿Qué voy a hacer adentro? ¿Digo algo o atacó sin mediar palabra?... ¿Y si espero a que salgan y luego les caigo encima con patadas?... ¿Y si están golpeando a alguien o a punto de matarlo?" las dudas lo hicieron descender unos milímetros y después lo detuvieron. Flotó hacia la izquierda, regresó a arriba de la puerta y ya por último se movió un metro a la derecha. Nunca se había puesto a pensar que es lo que haría en su primer caso, por lo que esa noche sudó demasiado y su incertidumbre se volvió temor. "¡Tengo que ir!" afirmó para sus adentros y ya cuando se movía los rateros - dos jóvenes morenos, delgados e inexpertos - salieron de la tienda. Habían guardado sus armas y cuando Danny Torrentera cayó enfrente de ellos, ¡cuando una figura enorme, tan roja como el infierno y tan negra como el abismo, apareció frente a sus personas!, experimentaron un miedo tremebundo y permanecieron inmóviles. Danny esbozó media sonrisa y se dispuso a atacar.
Y ahí fue cuando lo mataron.
Como un rayo que viola los cielos, una bala abrió su espalda y le perforó un pulmón. El impacto del proyectil y la curiosidad hicieron que volteara hacia su atacante, que mirara directo a los ojos de la muerte.
En su indecisión Danny no se percató que había más personas alrededor. Era sábado y el centro de la Ciudad rebullía con gente que buscaba divertirse. Aquel par de rateros habían llegado en un auto que se encontraba unos metros adelante y en la acera contraria a la tienda. El conductor - más viejo que sus compañeros y con 2 entradas breves al penal de Santa Marta Acatitla - los esperaba con el motor encendido. Miró el espejo retrovisor y se percató de la extraña presencia de Danny. Intuyo lo que podía pasar y bajó del vehículo con un arma repleta de balas.
Danny recibió otro disparo, un tercero y un cuarto en el abdomen. El quinto le rompió un pequeño pedazo del corazón. El sexto, el séptimo y el octavo rindieron su aguante y lo hicieron caer hacia atrás. El último le destruyó el hombro izquierdo.
Los dos rateros inexpertos se deshicieron de su estupor cuando el tercero les gritó. Y corrieron. Danny trató de ponerse de pie, flotó unos centímetros y otra vez su cuerpo azotó en el suelo. La sangre se confundió con el rojo de su traje - por un momento pareció como si él sólo estuviese acostado y tratara de hacer abdominales sin lograrlo - y pronto formó un río.
Esa noche mis amigos y yo acabábamos de salir de un billar y nos dirigíamos a Garibaldi en busca de mariachis, para luego llevarle serenata a mi novia. Con los disparos la gente se agachó y trató de encontrar un refugio. Yo no. Siempre ha llamado mi atención la violencia, sin que yo realmente lo sea. Me sentí emocionado e intocable. Estaba en la banqueta opuesta y crucé de una manera resuelta. Al acercarme miré fijamente su rostro. Y de pronto Danny volteó. Y al mirarnos hubo una conexión. Al momento siguiente y como si atraparlos fuese lo más importante del mundo y yo también tuviera la responsabilidad de ello, él me señaló a los rateros. Los miré subiendo a su auto, cobardes, miedosos. Regresé con Danny y sus ojos ya no podían mirarme.
Me incliné y aunque sabía que estaba muerto le tomé el pulso. Los dedos de mi diestra se empaparon de sangre. Me levanté y observé la huida de los criminales, perdiéndose en el anonimato. Después cerré el puño y agaché la cabeza.
Vi el cadáver del Capitán Meteoro durante mucho tiempo, creo que aún lo sigo viendo. Y... Y ese es el motivo por el que me convertí en un Superhéroe.
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