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Aquel día, por primera vez en mucho tiempo, se despertó a las 10 de la mañana. Sin dar explicación alguna, no fue a trabajar ese día. Pasó la mayor parte del tiempo conversando con su madre. No salió a la calle para nada, inclusive no se asomó por la ventana o subió a la azotea. A las 10 de la noche, como era su rutina, madre e hijo se dieron las buenas noches y se dirigieron a sus habitaciones. Danny Torrentera apagó la luz rápidamente y se puso su traje en la oscuridad. Se acostó en su cama y cerró los ojos. Pasado un tiempo el reloj que llevaba escondido en su disfraz vibró y con ello supo que eran las 11. Se levantó y salió sigiloso de su cuarto. Se encaminó hacia la azotea. Volteó hacia donde dormía su madre todas las noches y no encontró luz bajo su puerta. Arriba sintió un viento gélido abrazar su cuerpo. Contempló los cielos - esa noche extrañamente despejados - por unos segundos. Entonces, como si fuese un Dios, y de una manera suave e imponente, comenzó a flotar. A una altura considerable, miró hacia abajo y sintió nostalgia al distinguir su hogar. Descendió en la azotea vecina y esperó.
Realmente Danny Torrentera no podía volar (si lo hubiese hecho sus movimientos hubieran sido mucho más rápidos y constantes). Podía flotar de manera vertical (en otros ángulos perdía concentración y equilibrio) y no por mucho tiempo (quizá - y por su condición física - podía durar en el aire 1 hora y media ó 2). Sus accionares en el aire no eran muy fluidos, era como estar sumergido en el agua.
Danny despegó otra vez y una cuadra adelante volvió a estacionarse en una azotea. Su primera salida era exclusivamente de reconocimiento. Evitaría los problemas a no ser que los que se presentaran fuesen sencillos de afrontar. Se elevó por los aires y se animó a recorrer más trayecto. En la siguiente colonia y entre tinacos, esperó de nuevo. Su madre y él vivían en la colonia Santa María la rivera. El centro histórico de la Ciudad se encontraba a escasos minutos de distancia; flotaría hasta el Zócalo y después regresaría. Se mantuvo flotando durante 5 minutos, evitando las ventanas iluminadas o las personas que por algún motivo estuviesen en sus azoteas a esas horas de la noche. Observó el mundo a sus pies, sintiéndose responsable por la seguridad de quien cruzara las calles en ese momento. Él tenía un don y un entrenamiento y pensaba ponerlo al servicio de quien en verdad lo necesitara. Su difunto padre, pero sobre todo su madre, le habían dicho desde siempre que si la gente, además de preocuparse por si misma y por sus familiares y por sus amigos, se preocupara por la seguridad, por la salud, por la vida de su vecino y éste hiciera lo mismo con el de a lado y así sucesivamente: nadie tendría miedo.
Nadie, ni siquiera él...
Danny Torrentera aterrizó en un edificio vetusto. Entre las sombras, sonrió. Se sintió ágil, emocionado, poderoso, enfundado en su traje rojo con negro. De pronto se puso en guardia y lanzó algunas patadas de karate y unos cuantos puñetazos de boxeo y rasgó el aire. Sonrió otra vez, tan libre, tan vivo; se aproximó al borde del edificio. Miró hacia abajo y una escena demudó su expresión.
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