domingo, 3 de mayo de 2009

El feliz abandono de Pierre Auguste Renoir. (2-2)

...Sin que nadie lo hubiese advertido un vagabundo se acercó lo suficiente para que su hedor los atacara. Era pequeño, barbudo, llevaba una mochila infantil en las espaldas y dos bolsas negras en la mano. Todo su ropaje o estaba mal remendado o roto, además de enlodado. No tenía muelas, sus ojos eran rojos y aunque tenía cuarenta años asemejaba sesenta. Quizá eran las drogas o el alcohol o su locura, pero parecía valiente. Capaz de enfrentarse solo a esos muchachos.
- ¡No hagan pendejadas! - dijo y Zyen, Natchios, Tikus y Macre permanecieron asombrados.
Diez segundos después lo ignoraron y Natchios continuó con su labor. Al verlo el vagabundo aumentó el tono de su voz:
- ¡¡Por eso la Ciudad está bien culera!!... ¡¡Viene cualquier pinche puto a pintar pendejadas!!
- ¡Calma a tu papá Zyen! - Macre le susurró a éste y esbozó una sonrisa.
- Vayase a su casa, Don. Lo han de estar buscando.- Tikus le dijo al vagabundo y su expresión era burlona.
- ¡¡Que me corres pendejo!! ¡Vete tú a chingar a tu madre! - y al notar que Natchios seguía con el aerosol en la mano, el vagabundo le gritó a los vecinos:- ¡¡¡Están pintando su pared!!! ¡¡Asomense siquiera!!
Pronto, en la casa de enfrente y en la planta alta una luz se prendió. Se asomó un hombre calvo, gordo y sin camisa que de inmediato reaccionó:
- ¡¡Que pedo, chavos!! ¡¡Les voy a aventar una patrulla!!
Zyen, el más prudente del grupo, tomó del brazo a Natchios para que se fueran. Natchios se resistió, se aproximó al vagabundo y aunque quería patearlo, sólo fintó.
El ruido en la madrugada hizo que una segunda luz se encendiera. Y luego una tercera y una cuarta. Y de la cuarta ventana una anciana con lentes enormes comenzó a gritar improperios:
- ¡¡Pinches pendejos!! ¡¡Que pinche educación tienen!! ¡¡Órale, a la verga!! ¡¡O llamo a una patrulla!!...
Macre se movió y los otros lo siguieron. A regañadientes Natchios fue tras ellos. Y al escuchar que el vagabundo seguía ofendiéndolos, ahogó un grito. Ninguno respondió a las groserías que recibieron. Natchios experimentó un gran enojo; no así los otros, que no tuvieron alguna emoción en particular, tal vez sólo vergüenza. Caminaron rápido, en silencio. Pasaron de una esquina a otra como intrusos. Y cuando el viento llegó para golpearles el cuerpo, consideraron que lo que hacían, sus gritos de auxilio en forma de grafitis, sus sueños en forma de dibujos, era necesario.
Tres calles después Natchios se quejó:
- ¡Pinche madre! ¡Ya iba acabar!... ¿Por qué se metió ese güey? ¡¿Qué le importaba?!...
- Tranquilo Natchios.- Zyen trató de calmarlo - Ahorita encontramos otro lugar.
- Habla que la Ciudad está culera, pero él no se baña. ¡Qué mamada es esa!
- Maldito teporocho.- murmuró Tikus con una sonrisa y se acomodó los anteojos que usaba desde la niñez.
- Ya le iba a dar unos patines por metiche.- Natchios se sintió mareado - ¡Como chingan la madre esos mugrosos! ¡No me gusta ni verlos!
- ¡Pero si son tu familia! - Macre se burló - En unos años vas a ser uno de ellos.
- ¡No mames!... ¡Primero puto antes que acabar como esos mugrosos! - el alcohol que había bebido hace un par de horas le produjo nauseas. Natchios carraspeó con fuerza y escupió dos veces sobre el contorno de su sombra. Luego mantuvo la cabeza agachada.
Accedieron a Eje Central Lázaro Cárdenas. La luces, si bien no muy potentes, eran lo suficiente para poner en evidencia las espinillas, la barba incipiente, de aquellos rostros que nunca habían recibido caricia alguna. (O al menos no desde que cumplieron los seis años.) En su mayoría las luces provenían de los establecimientos cerrados a esas horas. Eran centinelas que caían sin piedad sobre los cuerpos que se aproximaran. Sin embargo un tramo de cinco metros, dos calles antes de avenida Independencia, la cual corría en forma perpendicular a Eje Central, no tenía luz alguna. Incluso la luna, en cuarto creciente, se había parapetado tras las nubes. Y cuando esos muchachos se acercaron lo hicieron con un silencio apenas contenido. Tikus y Macre buscaron una tienda abierta a lo lejos. Zyen examinó con desprecio los pocos autos que pasaban a un lado de ellos. Y Natchios experimentó nuevamente el enfado al distinguir a un vagabundo, cubierto de pies a cabeza, durmiendo en el único escalón que subía a una zapatería.
- Miralo... - murmuró para sí y lo señaló.
A metro y medio y sin mediar palabra alguna, Natchios corrió. Corrió evocando al paria de hace unos momentos y trató de sentir ira. Y al no haberla el salto que dio casi no tuvo fuerza. Brincó sobre el torso del vagabundo una vez y luego cayó del otro lado. Y para detenerse apoyó una mano en la cortina de metal que mantenía cerrado aquel establecimiento. Clavó la mirada en el vagabundo y esperó con impaciencia que éste reaccionara. Sin embargo, tan borracho o drogado se encontraba, que continuó cubierto con su cobija.
- ¡¡Defiendete cabrón!! - Natchios frunció el entrecejo.
Los otros se detuvieron y tras asimilar lo que su amigo había hecho, sus bocas se volvieron sonrisas. A excepción de Zyen, que sintió preocupación.
- ¡Al menos asoma la cara! - Natchios ordenó, pero no obtuvo respuesta alguna.
Tikus extrajo su aerosol (color rojo) y grabó su apodo sobre la cobija negra. Y mientras lo hacía, Macre sonrió mucho más y Zyen, decepcionado, dijo apenas:
- Vámonos. ¿Para qué joder al que está bien pinche jodido? Jodamos a los que tienen dinero.
Tikus guardó su lata y extrajo su celular para grabar lo que había hecho. Macre lo jaló levemente del brazo para que se fueran, pero aquel se zafó y enfocó mejor.
Natchios, frustrado, cerró los puños y apoyó su pie derecho en el costado del vagabundo. Después empujó hacia adelante. Aquella figura bajó del escalón dando una vuelta y permaneció acostado boca abajo. La cobija dejó de taparlo y se descubrió porque todo ese tiempo no había reaccionado:
El hombre tenía la espalda abierta y alguien le había arrancado los pulmones. Estaba desnudo, amarrado de las manos y degollado.
Las expresiones de los cuatro muchachos se quebraron. A pesar que el miedo y el asco arribaron a su cuerpo, Tikus continuó videograbando.
- No mames.- masculló Macre para sí y emprendió la huida.
Los otros lo siguieron con un paso veloz. A los dos metros no aguantaron más y echaron a correr desaforados, como si fuesen culpables de aquel asesinato.

Media hora después se hallaban sentados en una parada de autobús. Natchios era el único que se encontraba de pie. Tenía las manos en los bolsillos del pantalón y su mirada estaba perdida en la lejanía de concreto y en las luces de la Ciudad. Los otros vieron el vídeo por sexta vez.
- ¿Quién lo habrá hecho? - Zyen preguntó cauteloso - ¿El narco?
- O más chido: ¿Un asesino serial? - propuso Macre.
Tikus, que sostenía el el celular y miraba las imagenes con los ojos entrecerrados, se percató de un detalle que le fascinó:
- ¿No se han dado cuenta? ...No tiene pies. ¡¡También le cortaron los pies!!


- Ya no salí por las noches. Rayé algunos cuadernos y algunas bancas, pero pronto me harté. ...Ese mundo se había acabado para mí... Ahora estoy tomando un curso de pintura en el Centro nacional de las artes. Estoy viendo el Impresionismo. En especial a alguien llamado Renua. Me gustaría pintar algún día como ese cabrón.
- ¿Quién? - Petunia le preguntó a su novio Ignacio Sopelana ("Nacho" para su familia, "Natchios" para sus amigos) y éste le respondió con una sonrisa:
- ¡Pieg August Renua!... Se escribe Pierre Auguste Renoir. Es francés.
- No lo conozco.- Petunia susurró apenada y se reacomodó sus nuevos anteojos.
- Conócelo por sus pinturas.- Ignacio Sopelana sacó su celular y al encenderlo el fondo de pantalla era una obra de dicho artista - Mira esa luz entre las hojas, las personas que bailan y que comen. Mira esa comunión, esa simpatía, ese feliz abandono.
Aquella pintura era "El baile en el Moulin de la Galette".

1 comentario:

Ricardo dijo...

La vida es la escuela más difícil, pues sólo se aprende a chingadazos.