domingo, 10 de mayo de 2009

La patética muerte del Capitán Meteoro. (Parte segunda)

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Un año antes de terminar la carrera de medicina su padre murió. Danny Torrentera era hijo único y su madre era una anciana cuando sucedió aquello. Tenía pocos familiares y la mayoría de ellos vivían en el interior de la república. Su casa era muy grande (abarcaba tres terrenos). Con su padre enterrado y una herencia raquítica, él se volvió el único sustento. Afortunadamente 2 meses después de graduarse consiguió trabajo en un hospital. Tenía 23 años y desde entonces hasta los 30 sus días eran así: De lunes a viernes, de 8 a 2 de la tarde, trabajaba en un hospital del IMSS como medico general (su especialización era en cardiología, pero nunca pudo conseguir una plaza). Al salir del trabajo y de comer en su casa, iba a entrenarse. 2 horas en el arte marcial en turno y otra más en el gimnasio o nadando. El resto del día lo pasaba viendo televisión o películas junto a su madre. El sábado hacia más ejercicio y se empleaba en el mantenimiento de su casa. Todos los domingos iba a misa con su madre y luego la acompañaba al mercado. Si las amigas de ella o los vecinos no llegaban a visitarlos, iban al centro de Coyoacán o al quiosco Morisco para sentarse en una banca y comer helados, o en último caso utilizaban el último día de la semana para recorrer alguno de los museos que se encuentran en Chapultepec. Y las noches, todas las noches desde aquella tarde donde obtuvo un secreto, antes de apagar las luces, hizo planes. Muchos planes. Los cuales, poco tiempo después, escaparían hacia el cielo como globos llenos de helio.
Las personas que conocían a Danny Torrentera lo tildaban de buen hijo, responsable, trabajador, sano y deportista. Pero habían otras - sobre todo los más jóvenes y los hombres envidiosos - que lo llamaban a sus espaldas mandilón, gay, o incluso: incestuoso. Él estaba al tanto de ello y en vez de buscar una aclaración o iniciar una pelea, sonreía para sus adentros: ¡Que mejor que lo identificaran así! ¡Él necesitaba una identidad secreta!... ¿Pero para qué necesitarla?
Para...
Tenía 8 años, era una tarde de abril y corría por la azotea. Iba de aquí a allá tratando de elevar un papalote sin lograrlo. Quería verlo levantarse, que subiera poco a poco hasta convertirse en la primera estrella de la noche. De pronto llegó una ventisca y el papalote hizo como si quisiera irse. Subió unos metros, pero luego cayó en picada. Enredó su cola y su hilo en la esquina de uno de los tendederos de ropa. Danny aún no era tan alto como lo sería después. Trajo una silla y subió a ella, pero todavía el enredo estaba lejos de sus manos. Se aventuró con gran cuidado - siempre fue un ser responsable - a pararse en la barda. Una de sus manos se sujetó a la base de metal que sostenía los 4 tendederos, la otra comenzó a desatar. Aquella ventisca había traído consigo a un animal que representa como ningún otro lo que es la belleza: algo impactante y fugaz. La mariposa cruzó por enfrente de la cara de Danny. Sus alas se movieron lentas y suaves. Su bamboleo de arriba hacia abajo asemejaba una risa dulce e hipnotizante. Se alejó y regresó de nuevo. Y por tercera vez atravesó delante de esos ojos que no perdieron detalle alguno de su coquetería. Danny hizo un movimiento para atraparla y falló. La casa ya era vieja (se había edificado poco después del final de la revolución) y algunas piedras de la barda se aflojaron. Él se precipitó hacia la nada y en su viaje no experimentó vértigo o un miedo terrible. Se enojó demasiado consigo mismo. "Sabiendo que podía pasar esto ¿por qué me distraje?" alcanzó a preguntarse y apretó todos los músculos que pudo. Y un metro antes de que la desgracia entrara de lleno en su vida, sucedió el milagro.
Flotó.
Había cerrado los ojos y ahora los abría. No sólo sintió paz, también hubo una sensación extraña. Descendió con cuidado, quedando tirado boca arriba. Observó los cielos como si nunca los hubiera visto, las nubes que se deshacían con el viento y a aquella mariposa que moriría esa noche. Cuando se puso de pie revisó todo su cuerpo, tratando de encontrar algún moretón, alguna herida. Entero, se concentró para despertar. Pero de ahora en adelante siempre estaría despierto. Tardó unos minutos en aceptar lo que le había ocurrido. Hubiera tardado media hora más de no ser porque de pronto le entró el coraje. En vez de ir a contarle a sus padres lo que pasó o encerrarse en su cuarto para reflexionar sobre ello, se dirigió nuevamente a la azotea. Subió todos los escalones, dio todos los pasos sin turbación alguna. Tres metros antes tomó impulso. Escaló la silla, escaló la barda y dio un brinco. Esta vez no cerró los ojos. Su cara se puso roja, le dolieron los puños y el abdomen de tanto apretarlos y un par de venas se remarcaron en su cuello. Flotó metro y medio antes del piso y su descenso fue acelerado. No contento hizo un tercer intento y nuevamente volvió a quedar suspendido en los aires. Subió una cuarta vez a la azotea y esta vez no brincó. Pasó el crepúsculo y la primera hora de la noche caminando de un lado a otro y mirando el horizonte. A los 8 años de edad supo cual era su destino: sería un Superhéroe.
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