Tras visitar a mi amigo Neto "La Neta" - quien es un gran baterista - regresaba a casa utilizando el metro. Era domingo al atardecer y el vagón se hallaba medianamente concurrido. Al fondo de éste yo me localizaba con el hombro derecho recargado en la pared, una de las puertas pegada a mi espalda y la contraria sin que nadie la estorbase, sin que nadie cruzara por ella cuando se abría al llegar a una estación. Mi mano diestra dentro de uno de los bolsillos de mi pantalón y con la otra tamborileaba sobre uno de mis muslos o la volvía un puño o la extendía para admirar su belleza y su inutilidad. De pronto, con desprecio y rebeldía, decidí voltear hacia los demás, hacia los otros todos que son ellos. Y como era obvio nadie me miraba. Cada uno de los pasajeros (los tantos sentados, el cuarteto de pie) se encontraban laxos y ensimismados. Paseé la vista por cada uno de ellos tratando de imaginar su dolor, de compartir sus problemas o agrandarlos mucho más. En las estaciones venideras observé a las cuantas personas que accedieron. Desde jóvenes que habían ido a jugar fútbol hasta ancianos con bastón, desde señoras gordas con el gesto amable hasta niños que vivían su primer noviazgo: existían para mí, pero desafortunadamente yo no existía para ellos.
En la puerta contigua a la que yo me encontraba entró un matrimonio joven y su hijo de tres años. De pie, el hombre (alto, moreno y robusto) cargaba al niño y le platicaba cosas. La mujer, cargando una bolsa de mano y el suéter de su hijo, por un segundo permitió que yo viera totalmente su rostro. Sentí una punzada y agaché la cabeza.
...Wendy...
Parpadeé y el vagón se volvió una primaria, el pasado se transforma en presente y mi gesto se endurece. Otra vez estoy dentro de esa escuela limpia, discreta y aledaña a un mercado. Es la hora del recreo y entre aquel tumulto de infantes yo soy el único adulto presente. Niños con estampas o videojuegos, lanzan canicas o comen productos empaquetados; las niñas charlan, cantan, juegan al resorte: ¿Alguna vez fui tan joven como ellos?
Reconozco a compañeros de grupo, enemigos y amores, y repentinamente un helicóptero cruza el patio escolar volando muy bajo. Al verlo varios niños levantan sus caras y sus manos y se despiden de él. Algunos lo persiguen traviesos y entre ellos hay una niña blanca, flaca, la más alta de su grupo y con las mejillas algo infladas, llamada Wendy. Wendy no se detiene como los otros a la mitad del patio escolar. Prosigue en su juego, en su sueño, hasta que un muro la detiene. Se da la vuelta y con una sonrisa tan ancha como la luna en cuarto creciente, regresa trotando hacia su inocencia.
De pronto los grados, los años pasan, se acumulan y Wendy sigue atravesando aquel inmenso patio escolar con toda la potencia que sus piernas flacas y largas producen. Helicópteros, aviones, parvadas de pájaros, quizá un ovni, vuelan a través de los días, por arriba de infancias que pronto perderán su alegría; los chicos se despiden y una niña llamada Wendy corretea esperando que sus pies se despeguen del suelo, se eleve y su figura se transforme en un cometa. El recuerdo envejece y veo con ojos distintos a la otrora niña, ahora adolescente. Inicia la educación secundaria y aunque nuestro camino se bifurca (nuevos amigos, otras ideologías), empiezo a sentir un apego hacia su persona. Wendy comienza a despertar la sexualidad de tantos muchachos; sus faldas son cortas y sus piernas muy largas, sus senos ciñen demasiado las playeras y sus labios siempre están pintados de rojo. Aunque ella cursa la secundaria en la mañana y yo en la tarde, al momento del cambio de turnos, puedo verla afuera de la escuela junto a adolescentes de buen aspecto y chicas tan o más lindas que ella. Ahora sé que si hubiese visto su cara diariamente me hubiera enamorado de ella y mi corazón hubiese recibido otro golpe. No fue así. Su presencia disminuye, su figura es opacada por el dolor, la soledad y el desprecio que comienzo a experimentar. Ella asciende escalones mientras yo empiezo a rodar hacia las catacumbas.
1 comentario:
"A veces, cuando no hay otra forma, las heridas constituyen las experiencias vitales de las personas... pero generalmente no es todo. Es una parte, una pieza. Es interesante completar la paleta de emociones, pero es mejor dejar la puerta abierta para que alguien mas sienta un poco por nosotros." Las comillas le dan el toque.
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