...Mira sus piernas cortas, el pantalón azul marino que usa. Mira sus manos morenas, pequeñas, tersas. Mira su gordura, sus senos de tamaño medio que suben, que bajan, presumiendo vida. Levanta la cabeza para mirar a su primo, que dice:
- Tía: Me sirve más refresco, por favor.
La mamá de Cande ve el envase que tiene enfrente, luego el otro un poco más allá y no hay nada.
- ¿Qué crees?: Ya se acabó el refresco.
E intercede el esposo:
- ¡¿Ya se acabó?... Pues corre a la tienda por otro, hijo.- saca la cartera, la abre y está por extraer un billete cuando Candelaria dice:
- Yo voy.
Se desprende de la silla, de la mesa, de la comida de la familia. Cruza el comedor, la sala; en el patio un perro joven, pardusco, sin raza especifica, comienza a ladrarle amistoso.
- ¿Me acompañas "Tío Sam"?
Los dos salen a la calle, hacia el sábado a las cuatro de la tarde.
La calle, solitaria, muestra un par de perros callejeros que comen el pasto que circunda un árbol gigantesco. "Tío Sam" corre hacia ellos para olisquearles los traseros y tal vez, hacer amistad. Cande pasa a lado de un coche abandonado, sin vidrios, oxidado. Observa el interior y descubre basura y retazos de ropa de alguna mujer. Va hacia la otra acera, esquivando tres casas que padecen de grafiti ininteligible. En la esquina da la vuelta. Después de un decámetro se encuentra una tienda. Cande accede con su 1.60 M. de estatura y sus 17 años de vida. Toma un refresco de cola del refrigerador y se acerca al mostrador para pagar.
- ...Por favor.- es lo que le dice al muchacho alto, moreno, con cara de mono, que le atiende. Y le da el billete.
Con el cambio en la mano, Cande susurra un "Gracias" que el chico no toma en cuenta, pues está distraido viendo un partido de fútbol en la televisión que se encuentra en lo alto de una esquina (Lokomotiv VS Rapid de Bucarest). Sale de la tienda preguntándose: "¿Ese muchacho tan feo, tan hosco, tendrá novia? ¿O ha tenido una por lo menos?". Ella cree que sí y su creencia oprime con fuerza su corazón.
Dobla la esquina para adentrarse a su calle y de inmediato descubre a tres adolescentes con patineta que esperan a un cuarto, que pronto sale de una casa de tres pisos con la fachada deteriorada. De reojo los vigila. Instintivamente se pasa una mano por su cabellera corta, ondulada y de un negro rutilante. Ellos platican animosamente y no callan y no ríen con estrépito y no llenan de loas los oídos de Cande cuando ella los rebasa.
"¿Y los silbidos? ¿y las manos que señalan? ¿y los piropos? ¿y los besos a la distancia? ¿y las miradas que siguen la estela que una deja al pasar?", Candelaria no se pregunta más cuando "Tío Sam" reaparece y le ladra moviendo la cola. Le sonríe nostálgicamente y se detiene frente al zaguán negro y semi oxidado de la casa donde nació, pero donde no quiere morir. Saca su llave y abre la puerta. Su mascota entra primero y cuando ella está dentro y a punto de cerrar, sabe que la próxima noche será solitaria. Se desilusiona y con una esperanza moribunda y con toda la fuerza de su juventud, entiende que hay algo decisivo:
Candelaria Oropeza espera...
...a un amor que no llegará.
1 comentario:
Locas como Naoko. Ese es nuesto sino...
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