domingo, 19 de abril de 2009

Ruidos nocturnos.

Este breve escrito está dedicado a Norma Elena Palazuelos Gamboa, porque dado el tamaño de su belleza me es imposible imaginar que alguien pudiese hacerle daño alguna vez.



Entonces apago la luz y me acuesto a dormir.
Cinco minutos después que cierro los ojos escucho movimientos en la habitación. Me quedo quieta mientras alguien me descobija, trata de quitarme la ropa interior sin lograrlo. Revisa mi buró. Abre el cajón y saca mi diario y lo tira al piso. Después agarra el libro que he estado leyendo todas las noches ("Luz de agosto" de William Faulkner) y que está sobre el mueble y lo hojea con desesperación. Cuando se cansa también lo manda al suelo. Toma y deja la foto de mi gato en donde estaba. Voltea el vaso de vidrio y el líquido se desparrama sobre la alfombra. Y ya por último prende y apaga frenéticamente mi lampara infantil.
No lo soporto más y abro los ojos para sorprenderlo. Y descubro, como en las noches anteriores, que quien provocaba esos ruidos nocturnos era mi mano. Mi mano diestra que, tras el experimento, padece de insomnio.

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