jueves, 9 de abril de 2009

Un rostro entre la multitud.

Para Eduardo Marín Medina, un loco en un mundo cuerdo.



12:07 P.M.
Despierto, otra vez.
Mi cuarto es minúsculo, claustrofobico. Mis pertenencias se muestran como pequeñas pirámides, aquí, allá. Y todas vestidas con polvo. Sé que en la calle el sol radia sin piedad, pero aquí dentro, en está casa enorme, el frío se ha adueñado de cada centímetro. El invierno es eterno.
Con pesadumbre me levanto del colchón que me ha abrazado casi toda mi vida. Es tarde. Tomo cualquier prenda - ¿es importante cómo me vista hoy? -, mis tenis, una toalla y mi desodorante. Y salgo de mi cuarto descalzo.
El cuarto de mis padres y los de mis hermanos rodean el mío, algunos están abiertos y se pueden ver un sinfín de objetos desparramados en todas direcciones: cuadros, prendas, revistas, películas. El trayecto hacia el baño está plagado de otros tantos artículos, los cuales hacen sospechar que mucha gente vive en está casa. Yo no veo a nadie: quizá ya no vivan aquí.
En el baño el agua fría de la regadera me conforta un poco; el agua resbala hacia la coladera al igual que mi adolescencia. Me seco y me visto rápidamente. Al peinarme me encaro con el espejo roto que mi hermana rompió hace algunos días al sentirse fea. Mi reflejo me hiere los ojos. La piel morena de mi cara es arcilla que se diluye con el agua.
Recuerdo que debo recoger de los tendederos la playera que lavé anoche. Subo a la azotea, tomo mi prenda y bajo ese sol implacable experimento una gran tristeza. Permanezco inmóvil durante algunos segundos. Miro la distancia y deseo estar en otro lugar...
En mi cuarto otra vez, relleno mi mochila con los cuadernos que necesitaré hoy en la escuela. Al último guardo "La insoportable levedad del ser" de Milán Kundera, sabiendo que mi educación es lo único que me sacará de estas catacumbas.
Junto a un billete hay una nota de mi madre que me pide que le guarde el cambio (algo que no haré), y todo ello sobre la mesa del comedor, la cual, como siempre, está cubierta de platos y vasos sucios, botellas abiertas y fruta podrida. Me sirvo un poco de la bazofia que se preparó ayer, tomo un refresco del refrigerador y una gelatina. Antes de sentarme a comer enciendo el reproductor musical y pongo música clásica, una llamada "Claro de luna" de Beethoven y me recuerda a una chica que alguna vez amé. Como con una tranquilidad que no debería tener: mis clases comienzan en media hora. El piso de la sala y de la cocina están sucios, las cortinas están bajadas y no sé si fue mi hermano más pequeño el que derramó una bolsa de sal en el piso sin levantarla. El fregadero mantiene un caos de trastes sucios. Echo los míos y no los lavo porque prefiero gastar mi tiempo en cosas más estúpidas.
Me lavo los dientes, hago del baño, me despido del perro en el patio y salgo de mi casa sin cerrar la puerta con llave. Afuera, en un mundo aún más desolador que el mío, la gente trabaja, grita, camina apresurada. Los vecinos atesoran frente a sus viviendas autos empolvados. No sólo una o dos, seis casas a lo largo de la calle aullan con música norteña, con cumbias o con algunos de esos nuevos géneros que laceran mis oídos. Los hombres se detienen bajo la sombra y ríen entre ellos rascándose la panza. Los niños corren diciendo groserías mientras sus madres platican con otras sobre lo que no les incumbe. Yo camino rápidamente como si quisiera escapar.
Cruzo a un lado de una vinatería, donde algunos teporochos, tanto recargados en la pared o sentados en la banqueta, se burlan de la muerte.
No tardo en llegar a la parada del autobús. Un par de hombres trajeados y otros estudiantes esperan el transporte junto a mí. Y mientras sucede un dolor surge en mi pecho y se extiende por todo mi cuerpo. Cierro los ojos, aprieto los puños:
¡¡No quiero perder mi rostro entre la multitud!!
Cuando me doy cuenta el autobús llega y se va. Me deja atrás, perdiéndose en una lejanía borrosa. Sin remedio comienzo a caminar. Me vuelvo rápido, me extiendo por una avenida rota y grafiteada. Bajo las banquetas hay bolsas de basura y las copas de los árboles están inclinadas. Personas y más personas salen a mi paso y aunque busco una diferencia entre ellos, no la encuentro. A todos veo, pero nadie me ve. Tal vez me he vuelto una sombra, lentamente pierdo mi humanidad. ¡Y no quiero perderla!
La escuela no está muy lejos. Pronto rebaso a jóvenes con mochila. Aparecen papelerías y cafés internet, al igual que bares, billares y centros de videojuegos; locales donde los adolescentes se aman y se odian en secreto.
El plantel está al otro lado de la avenida. Subo un puente peatonal y miro al cielo. El cielo es gris y sin nubes, pero por un instante se torna azul. Tan azul como mis bisabuelos lo conocieron siempre. Observo la entrada a mi escuela y los estudiantes alrededor y al presenciar el barullo que producen éstos me siento mucho más solo. Bajo las escaleras como si descendiera al infierno, lentamente. Y ya abajo, a unos metros del acceso, encuentro una pluma tirada en el piso. La recojo y la observo con dureza. La empuño violentamente y antes de cruzar las puertas que he cruzado mil veces y quizá ya no cruce más, tengo miedo de perder mi rostro entre la multitud.

2 comentarios:

EeE dijo...

you aways fall for what you desire or what you fear"

EL ROSTRO... TAN SIMILAR Y TAN DISTINTO. dISTINCIÓN DE MARCA. lA VIDA COMO UNA MARCA DE REFRESCO. fRESCA, ALUCINANTEMENTE FALSA, 40% GAS.

gRACIAS POR ÉSTA, VIEJO.

EeE

Alfredo Cuauhtémoc Pérez dijo...

Al contrario, yo soy quien le agradece por leerme.
I see you in the school!