...Una hora ha pasado y han retornado a la tienda dos veces más. Los otros todos tienen clase, pero han decidido evitarlas para continuar explayandose. Eduardo, Mateo y Gabriel platicaron sobre sus objetivos amorosos sintiéndose impotentes. Fernando se negó a hablar de su gran amor, Lupita. Y Marcos no supo que decir, a él le gustan todas.
Cuando Mateo da el último trago, Gabriel Espinales les pregunta:
- ¿Compramos otras?
- Me quede sin dinero.- comenta Marcos.
- Yo tampoco tengo.- dice Fernando.
- ¡No sean culeros! - Eduardo pronuncia animado - ¡Compremos otras!
- Sólo tengo el dinero de mi pasaje.- revela Marcos sintiéndose mareado.
- A mí me sobran dos pesos.- dice Gabriel con humildad - Alguien acomplete...
- ¡Otra más! - Eduardo se impacienta - Estábamos platicando chido... Compremos una más. ¿Quien tiene dinero?
- Ya no tengo.- pronuncia Marcos - ¡En serio!
- ¡Tú si tienes, Chuck.- Eduardo afirma, nombrando a Fernando por su apodo (el cual proviene de la película "Chucky, el muñeco diabólico").
- Nel... Nada.- Fernando se encoje de hombros - Si no me crees, revisame.
- ¡Tú, Mateo! - Eduardo lo mira fijamente - Saca la cartera.
- Si traigo.- Mateo es el menos borracho de todos - Pero no quiero más.
- ¡No seas culero! Compra dos más.- Eduardo ruega sin convicción.
- No cabrón, todavía tengo clase de matemáticas.- Mateo es delgado, de mediana estatura, tiene la piel moreno clara, su cabello es corto, peinado como púas; Originalmente es castaño oscuro, sin embargo, ahora que vive su último año de prepa (despedirse con una intensidad que no tuvo en los años anteriores) lo ha pintado con un rubio insoportable.
- ¡Somos amigos!... Hazme ese favor.- Eduardo, semi borracho, recuerda la borrachera de hace una semana en la casa de un amigo apodado Buggy. Recuerda que vomitó a mitad de una escalera y Buggy, al darse cuenta, corrió hacia él, y con una sonrisa forzada le propinó un puñetazo en el abdomen obligandolo a vomitar otra vez.
- ¡No mames güey!... Esto se acabo - impaciente, Mateo espera que alguno de los restantes lo apoye, pero éstos permanecen apáticos.
- ¿Te vas a portar como un mal amigo? - Eduardo pregunta en un quejido - ¡Dímelo!
Mateo sonríe, al responder subestima a Eduardo, uno de los mejores amigos que pudo tener.
- ¡Está bien!... Voy a comprarte otra caguama. Y sólo para ti, pero...
- ¡Sin condiciones! - Eduardo frunce el entrecejo decepcionado - ¡No seas culero, Mateo!
- ¡Pero! - Mateo se impone alzando la voz como siempre - Quiero que te cagues en la mitad de la calle - señala sabiendo que Eduardo no hará aquello - ¡Ahorita!
- No habrá otra caguama.- Marcos le dice a Gabriel en voz alta, retando a Eduardo.
- Ya vámonos.- susurra Fernando.
- Hazlo y juro que te compro una caguama.- Mateo utiliza una voz burlona.
- ¡No chingen! - Gabriel le sonríe a Marcos - Si lo hace tendré pesadillas.
Eduardo Marín permanece callado. Luce molesto. Una tenue capa de sudor cubre su rostro. Trota hacia el centro de la calle, se baja el pantalón apresurado y ante la posibilidad de extraños en las puertas, personas que de pronto doblen en la esquina y entren al lugar; ante las expresiones morbosas de sus amigos, Eduardo se agacha y defeca sin mucho esfuerzo.
Antes que su amigo termine Mateo Malvaez echa a correr. Los otros hacen lo mismo y Marcos grita hacia los vecinos:
- ¡¡Salgan, un chavo está cagando en la calle!!
Eduardo no tiene con que limpiarse, sube sus pantalones, toma su mochila abandonada en la banqueta y emprende la huida justo cuando una señora, asomada a su ventana, le reprende:
- ¡¡Pinche chámaco asqueroso!! ¡Si algún día regresas yo misma salgo a romperte la madre!
Marcos, antes de alcanzar la esquina, se detiene y le grita a la señora:
- ¡Vallase a la verga, menopausica!
Cuando la preparatoria está a 15 metros, Mateo se para en seco y así los restantes. Eduardo no está enojado con él, le dice:
- Eres un culero... ¿No me vas a comprar la caguama?
Mateo ríe - sus amigos también - y busca algunas monedas en una de las bolsas de su chamarra.
- Toma el dinero... Te lo ganaste.- Y suelta una gran carcajada.
- ¡Pinche asqueroso! - le dice Fernando divertido - No pensé que lo harías.
- Lo hice por la experiencia.- susurra Eduardo y reprime un eructo.
- ¡No mames! Tengo ganas de vomitar.- miente Gabriel Espinales
- Y yo de orinar.- revela Marcos.
Sólo Marcos Salinas reingresa al plantel. Con el paso rápido y los labios apretados busca el baño de hombres. Su estado semi alcohólico le produce vértigo. Sus pies se vuelven torpes. Al rebasar la explanada de acceso, justo cuando una turba de estudiantes sale de los salones en el cambio de clase, su pierna diestra tropieza con la zurda. Se desploma... Durante dos meses Marcos Salinas se sonrojará recordando esté momento. Si bien no saldrá lastimado lo que le dolerá más serán las risas de más de cien adolescentes que presenciarán aquella caída. Y al saberse centro de atención, desvalido ante la burla de los otros, no sólo se orinará encima, vomitará con todas las fuerzas de sus 19 años.
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