viernes, 25 de enero de 2013

La misteriosa cadencia del guinda y el azul (Versión A, segunda entrada).

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Sus padres le dieron un nombre antes de darle la espalda, extraviados en Estados Unidos casi los veintitrés años que tenía de vida. Sus tíos, viejos y sin hijos, no podían hablar con ella sin regañarla; "Regresa a la escuela, ¡No seas estúpida!" le dijeron cuando abandonó la universidad en segundo semestre, "¡Ponte a trabajar!" le espetaron desde el año pasado, nunca había trabajado, decidieron que era tiempo de que empezara a hacerlo, pero ella no quería ser una esclava del Capitalismo; "¡Ya cásate!" le pedían cada vez que la veían, ya deseaban que se fuera de su casa aunque Guinda casi no estaba en ella; aunque era muy selectiva con los hombres, a veces creía que no existía el joven con la mirada serena y los músculos suficientemente amplios para que su feminidad cupiera entera.
Había tenido dos novios, el inicial toda su educación secundaria, el segundo el verano previo a la universidad. Éste último quería casarse con ella, le aseguraba que su familia tenía un pequeño castillo en el país de Gales y que ambos vivirían allí al matrimoniarse; ella le pedía que esperara, ambos debían madurar antes del compromiso. Se veían una vez a la semana, ambos caminaban sin tomarse de las manos, pero rozándolas con cada paso dado. Él siempre le daba dinero, ella sólo un beso largo al despedirse.
Había tenido dos amigas. Una toda la primaria, la siguiente el último año de preparatoria. La primera había reaparecido hacía año y medio, su abuelo la había violado antes de morir de cirrosis, no quiso abortar ese hijo / nieto, una enfermera si lo eliminó cuando, al llevarlo a los cuneros, se le cayó por el cubo de las escaleras. Se hubiera suicidado si Guinda no hubiese aparecido en esa calle con los faroles recientemente encendidos. Se veían una vez a la semana, ambas caminaban con las manos tomadas, preocupadas por soltarse, acaso el viento las ubicaría en continentes opuestos. Ella siempre le daba dinero, Guinda un abrazo y unas lágrimas que duraban diez minutos.


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Administraba el poco dinero que recibía (de sus tíos nunca) para que pudiese salir seis días a la semana. Cuando se quedaba en casa barría, trapeaba y ordenaba la sala, la cocina y el patio; lavaba su ropa y hacía de comer. Cuando estaba en la calle comía en cafés de chinos o las tres tortas de huevo que se preparaba al mediodía (y masticaba sentada frente a kioscos, monumentos o fuentes en parques públicos). Iba a los baños de las tiendas departamentales, si quería leer entraba a las bibliotecas, veía televisión frente a los aparadores, escuchaba música con los músicos callejeros o se paraba en los puestos de discos piratas sin comprar nunca uno, disfrutando de lo que ponían en sus estéreos; pocas veces se cansaba, los momentos que sí se recostaba en pastos o se sentaba en bancas de plazas o paradas de autobús o en las orillas de las banquetas de calles solitarias.
Siempre caminaba.



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