5
Siempre caminaba.
Prefería los sitios populosos, remarcarse entre la tanta gente. Tianguis, mercados, centros comerciales. Tepito, Jamaica, Parque Delta.
Transitaba.
Escogía avenidas principales a la hora del tráfico y en sentido contrario a los autos. Insurgentes, Viaducto, Zaragoza.
Avanzaba.
Sus momentos melancólicos, provocados por su menstruación, los vivía dentro de colonias señeras e inalcanzables. Del valle, Polanco, Chapultepec.
Paseaba.
Se consideraba importante en zonas míseras y vetustas. Sentía una considerable soberbia al pisar esas calles terrosas, esquivar los montículos de basura y observar esas raras madrigueras. El Bordo de Xochiaca, Canal de San Juan, la Renovación.
Cruzaba.
Frente a preparatorias y universidades ralentizaba su avance, no miraba a nadie, sabía que todos los que entraban y salían del recinto estaban fijos en ella. El CUM, la Fes Aragón, la UVM.
Trotaba.
Lo hacía cuando llovía o hacía mucho frío, en las zonas altas o dentro de deportivos. Se ataviaba con un pants gris tan justo que parecía vertido sobre su cuerpo. Colinas del sur, Magdalena Mixhuca, el bosque de Tlalpan.
Corría.
¡Qué sensación tan placentera el sudor sobre su cuerpo! Exudaba sólo de noche, fantaseando con que era un guepardo, no uno cazador, si competidor, decidido a ser más rápido que su sombra. A veces la rebasaba, no era inaudito, ella era poderosa. Colonia Puebla, avenida de los Misterios, Cuatro caminos.
Caminaba.
El centro de la Ciudad era un imán para sus piernas, aquí sabía lo que era flotar. ¡Cuantas veces se perdió y se encontró en ese laberinto! Un rompecabezas del que conocía casi todas sus piezas. No era buena para recordar nombres o títulos, pero era precisa al momento de señalar ubicaciones. Calles y más calles que identificaba por sus edificios, sus habitantes o su mobiliario citadino. Sabía donde estaba esa panadería de cien años de antigüedad, las tiendas deportivas, el hostal para estudiantes, la señora de doscientos kilos que vendía tamales; los xoloitzcuintles que vigilaban esa vecindad; el joven con síndrome de Down, vestido como policía, que jugaba a organizar el tráfico; el árbol gigante que parecía tener vida durante las noches, los niños indígenas que vendían chicles en un semáforo descompuesto; los muchachos vulgares que comercializaban artículos piratas y que a todas las chicas que les parecían atractivas las molestaban con sus comentarios (a ella le daba risa lo que le decían, "¡Amiga!: ¡Haces buches al caminar!" por ejemplo). Conocía tanto de esa pequeña zona (a la vez tan inmensa) que se sentía en casa. Segura, despreocupada y bella. Imparable.
Siempre caminaba.
6
Su Ciudad y su caminata.
Un disfrute y una excitación, un hipnotismo que le provocaban esos tramos de asfalto, esas islas donde no esperaba ser rescatada. Seguía, proseguía, avanzaba; femenina se sentía en su movimiento. Un bamboleo, una máquina, una ola.
Lo importante para ella era estar presente, ¡Afirmar que esa era su Ciudad! Una urbe con edificios angulosos, que se hundían, deformaban, aparecían y desaparecían durante la madrugada. Luces mortecinas, ventanas abiertas, risas plenas desde las coladeras; tenis viejos colgados en los cables de luz, postes borrachos y perros que también eran hombres.
Detestaba los lugares cerrados, entraba si intuía que la multitud era demasiada. Tampoco prefería mantenerse en un sitio por más de media hora. No quería conocer ningún edificio por dentro, quería que la conociesen a ella. Presumirse, fulgurar en cada vía.
Caminaba para confirmar su existencia, que los otros la mantuvieran viva mucho después al recordar, hablar o escribir sobre ella: "¡Qué culo el de esa vieja!", "¡Hoy vi a una chava que se movía como si estuviese en una pasarela, ¡tal vez era una modelo de barrio!", "Pulsante es tu paso, una canción para los sordos, una envidia para las estatuas, un viaje a través del universo" y así Guinda Gómez era estable, sobreviviente, detenía su caminata por fin.
Salir para que todos supieran de su juventud y de su belleza, del inexpugnable poder de sus piernas, de su deseo de no pararse hasta que éstas se deshicieran en filigrana sobre el asfalto.
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