El hombre sueña. Sabe que es un sueño a pesar que sus cinco sentidos funcionan de la manera correcta y lo que presencia es completamente racional. Sabe que es un sueño porque se descubre sonriendo con una plenitud y un vigor que en la actualidad y desde hace varios años no presume. Su rostro, tan fresco e impoluto como si estuviese hecho de porcelana, mantiene un gesto divertido. Se pregunta que es lo que lo emociona tanto, porque se siente tan vivificado. Su sonrisa pronto se transforma en una risa embriagante.
Recorre las calles de la colonia San Rafael en un día esplendente. Autos y gente se suceden mínimos y con un paso lento, el suficiente para que él pueda observarlos a placer. El orden y la pulcritud de la zona le hacen pedir que la caminata se alargue indefinidamente. Sus piernas no se detienen. Avanzan con una fuerza y una decisión pocas veces conseguidas.
Las construcciones viejas, una aquí, otra más allá, la tercera a la vuelta de la esquina, desprenden una nostalgia que debilita su alegría, por lo que cierra los ojos cuando pasa a un lado de ellas. No quiere sentirse triste hoy, esta tarde no. Tres minutos después de rebasar las instalaciones de la Universidad del Valle de México, se detiene frente a una casona amplia, a tramos decadente, a tramos hermosa. Saca una llave y abre la puerta porque esa vivienda (y esto es la prueba determinante de lo que vive es un sueño) le pertenece a su madre.
El patio pulcro y mojado está sobre poblado por macetas, plantas y flores de tan diversas formas y colores. Todas regadas: aquí una azalea, allá una margarita, ahí un ave del paraíso. Al cruzarlas las roza con los dedos. Avanza por el pasillo hacia los cuartos, todos espaciosos, uno tras otro, en busca de su progenitora. Y con cada paso dado su risa aumenta en resonancia hasta la locura. Abre la habitación donde durmió tan plácidamente su infancia entera y allí, en la penumbra y en el frío, en el piso y en un dolor que la pudre en lágrimas, su madre pide una y otra vez:
- ¡Ya no!... ¡Ya no!... ¡Ya no!...
Al verla así ríe tanto que su boca se resquebraja, luego su cabeza sufre lo mismo y por fin su cuerpo entero. Su adultez se desmorona en un inútil grupo de vidrios. Él era un vitral policromático y fino que se ha destruido a si mismo. Ni siquiera hay un ritmo dulce cuando todos sus pedazos caen y rebotan una, dos veces en el olvido.
Se transforma, otra vez es un niño de diez años que corre valiente hacia su madre y la abraza desesperado. Y aunque no sabe que o quien la ha hecho llorar, le promete:
- Nunca permitiré que nada ni nadie te haga sufrir.
Su madre, el cuarto, la casa, sin que lo advierta en un principio, se vuelven nada. ¡Nada! ...Abrazándose a si mismo, desnudo y golpeado, se descubre en un espacio amplio y semi oscuro. Nuevamente es un hombre y la conciencia lo desploma hacia atrás:
La casona donde vivía ya no existe, ahora es ese estacionamiento donde se encuentra; ha sido violado otra vez, casi con su consentimiento. Y sobre todo, lo que deshace su belleza en el concreto, es que su madre está muerta.
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