Camino con pies adoloridos y mi orgullo maltrecho. Me consuelo soñando con el éxito editorial. Soy patético. Soy vano. Reculo. Asiento. Mis andares son dignos de afrentas mayores que la subsistencia terrena: yo soy un hombre, no soy un perro. Caminando por la acera de una avenida concurrida me doy cuenta de que la gente me esquiva, se trata sin duda de asco, me temen y al olerme su respuesta se vuelve visceral. Temen que un día sus hijos se tornen oblicuos andariegos, que recurran a la seguridad umbría de las máscaras y que su semblante quede en la memoria del tiempo como un salpullido molesto. Me miran y no se ven a sí mismos. Yo soy un fracasado y lo sé. Soy un fracasado excepto por que aún soy puro, digno, íntegro. Los valores de mis abuelos se deslavan con las lluvias de Marzo, el mundo los olvida y rechaza, pero yo no. Apuro mis pasos, una mujer me espera en alguna otra parte de la ciudad. Mi primer intento amoroso resultó ser un fracaso. Ella carecía de la pureza que yo tengo y por tanto uno de los dos debía perder. Besos furiosos, caricias premeditadas, soledad mutua, desolación. Le ofrecí mis manos pero me pidió más a cambio. Un día, maldito día, malnacido, se atrevió a mirarme a los ojos y llamarme escoria, pobretón. Quise abofetearla, pero mi rectitud pudo más que mi cólera. Le dije que era una mujer injusta. Le confesé haber facturado halagos vacuos para su persona en el pasado, le confesé la vergüenza que sentía al presentarla ante mis amigos como la mujer de mis días: tú no sabes distinguir a Baudelaire de un fabricante de jabones, tú no reconoces mérito en la escritura, redentora de las almas jóvenes, tus ojos son arena en un mar cualquiera, no reconocerías a un dios si lo tuvieras cerca. No lo haces, no podrías hacerlo. Lloré. Me preguntaste por qué. Te dije: por todo lo que acabo de decirte. Me respondiste como la arpía despiadada que asemejabas ser en horas recientes: "rara vez escucho lo que dices, pienso que no abres bien la boca". Provoqué a un tipo en la calle, un desconocido, lo reté, le pedí un duelo limpio: puños desnudos. "Órales" es lo que recibí por toda respuesta. Golpiza, afrenta a mi honor, sombra nocturna que recibe una paliza a la luz del día, lucha desigual. Me quité los anteojos pulverizados, me di masajes en las cienes para recuperar la cordura. Eres un bruto, ha dicho. Sí, lo soy. Soy una pérdida de tiempo, soy la vergüenza: pero tú ni siquiera mereces eso. Me marché, caminé hasta casa, llegué al siguiente día, con el dolor aún vivo, pero con las lágrimas tan solo como un recuerdo amargo. Me asee la cara, dormí desnudo. Lloré sólo una vez más. Me prometí encontrar una nueva musa y reafirmé mi compromiso con la literatura. Hice flexiones, solté golpes al aire. Extraje una gasa del botiquín y la puse entre mis labios hendidos. Maldita sea tu suerte. La próxima mujer no será mexiquense y esta vez será la mujer, la mujer. Debo ser más selectivo, volver mis versos más soeces, agazapado bajo el lavadero, sé que lo haré. De mi pluma fuente aflora la verdad. Llamo al hombre sensible, esta vez cuelgo primero, antes de finiquitar la conversación. En un espejo antiguo que fuera de mi madre, escribo una plegaria con un lápiz labial. Soy un hombre, madre, puedes estar orgullosa de que lo sea cada día más. Escribo 16 versos con los ojos cerrados. Siento la vejez avecinarse. La lluvia favorece los aullidos de las criaturas de nobleza inmerecidas. Busco el amor, no cualquiera, el amor de mi vida. Como, debo edificar el mañana. Auguro tiempos de abundancia y animadversión. Sea como tenga que ser, seré el único vencedor.
Creo que me llamaron del banco. Aquí no vive Joaquín Torres Bodett. No pienso que viva en la Ciudad de México... todavía. Mierda, qué tentación. No voy a sacar una tarjeta de crédito con un nombre falso, no voy a sacar una tarjeta de crédito con un nombre falso, no voy a sacar una tarjeta de crédito con un nombre falso... ofrezco auxiliar al vecino con el suministro de sustancias a las 4 y para las 6 de la tarde ya no hay fila de clientes. Se siente bien ser de ayuda. El muchacho estaba hasta el culo, porque me llevé más de lo que me tocaba y no se dio color. Saldré a comprar gas con esto. Creo que me llamaron del banco o me llamaron de una agencia de cobros (si eso existe en este país y no eran los banqueros mismos, porque de verdad, la voz sonaba bien indignada) porque me preguntaron si yo era yo mismo y luego colgaron. Sí que saben cómo meter miedo esos hijos de la chingada. No voy a sacar una tarjeta de crédito con un nombre falso, pero si lo hago, me voy a poner Super-Mann.
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