Me fastidia como hace como si no tuviera frío, cuando sé más bien que es por vanidad que no admite que lo siente. Así es esto, una pugna constante. Caminamos y caminamos. Por Bucareli está el café de la Habana. No entramos. Viejos poetas y soñolientos ricachones visitan el lugar. Nosotros seguimos caminando. No entramos a comer un bistec a ese otro restaurante argentino porque no podemos pagar ni las papas que sirven para acompañarlo. Paramos en bancas públicas o frenamos el paso para ponernos a hablar de una multitud en medio de ella. La brizna de la tarde (qué tarde tan mexicana) nos da en los brazos y el cielo grisáceo se presenta, despótico, augurando lluvia o algo peor (que sería que no llueva, porque quiero que llueva). Me abrigo. Tú no, que va, pues así son las cosas desde aquí, les informo. Me tiro en un pasto y me aburro, cuento los meses que faltan para que me gane la lotería. Sueño con libros, creo que ambos soñamos con lectores. Que nos lean como los leemos, pues, justicia. ¿Pero quién nos va a leer, de los que quisiéramos, si todos nuestros padres putativos están muertos? O no hablan español, en el mejor de los casos. Albert me suelta una patada. Y yo la detengo con premura, eficazmente. Me da en la espinilla y me duele. Me permito hacer gestos. Aquél mozalbete no. Cómo no le iba a doler. Mañana le voy a pedir que sea mi novia., me anuncia. Caramba, Albert. Por fin. Caminamos más. En las aceras lo escucho pensar en voz alta y me doy cuenta de lo ingenuo que es, me sorprende que pueda ser tan ignorante y tan cultivado. Le damos la vuelta a una plazuela. Le propongo que seamos nuestro público por enésima vez. O no sé qué número de vez. La vida sigue su curso. Stevie Wonder toca el piano.
Ese hombre ciego, ese individuo, no, ese artista, el tipo es un artista. Imagínate cuán difícil será aprender a tocar un instrumento como el piano cuando se es ciego. Yo soy ciego de cierto modo y mi ceguera me ha dado la capacidad inusitada en un joven de mi edad de percibir la realidad con estos impávidos ojos. Soy ciego a las irrupciones del destino. Me niego a permitir que algo absurdo como la fatalidad sea lo que determine mi razón de ser.
Y creo que al siguiente día no se le declaró. No sé si debería desalentarlo.
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