Hoy tuve otra invitada especial. Me cocinó. Quizá suene machista: quiero una mujer que me cocine todos los días. ¿Cómo se negocia eso? Yo le puedo dar sexo -no exclusivamente- y a cambio, ella puede cocinar. Daré un paso más hacia lo equitativo: le compraré los ingredientes. Pero no muy caros. Que no pase de los 200 pesos semanales. Ese es mi presupuesto actual. Caminamos por la calle cuando la acompañé a la parada del taxi. Qué pudiente, viaja en taxis. Yo viajo para mis adentros. Me da las gracias. ¿Por qué? ¿Por quién? No entiendo este mundo bicolor. Me ofrece dinero. Sobreentiendo que no va a volver. Ni mencionar su nombre.
Espero el pago de las dos crónicas que escribí, espero también que mi vecino deje de traer drogadictos a la puerta del edificio como si fuera un farmacéutico. ¿Qué voy a hacer si no puedo salir y entrar cuando quiera? El otro día uno de ellos vino a buscarlo con un machete. Le dio de machetazos a la puerta principal (que es toda de metal, una rejona de dos por 3) y le gritó de cosas como media hora. Desde mi ventana se alcanza a ver el interior de su casa. Se pasó todo el rato hablando por teléfono, relajado, sentado frente a la televisión que tenía en mutis. Como si nadie supiera que estaba allí. El drogo del machete siguió gritando un rato más y trató de convencer a una vecina de que le abriera la puerta. Aparentemente el sujeto no es un extraño a la comunidad. Me quedé encerrado, mirando por un recoveco para ver a qué horas podía salir. Y luego se mofan de la impuntualidad mexicana. ¿Pues qué vamos a hacer si nos lleva media hora salir de nuestro acuartelamiento? Somos un pueblo de sitios. El sitio de Churubusco, el sitio de la Zona rosa (de los gays y los trans y las les), el sitio individual que cada uno asienta alrededor de uno mismo para que no lo maten. El sitio del reclusorio, claro, para los que no pueden pagar para no caer al tambo. Venga, que llegué tarde. Le dije al hideputa de la editorial que ya estaba bueno, que cada quince días iba a cobrar y que no tenían por qué retener mis pagos. Me dijo que el pago seguía retenido hasta que alcanzara (sic) al jefe de cultura. Como si fuera por mí que no llegaba a tiempo a sus citas. Subí a hablar con Camila, su secretaria. Platicamos de poesía, está leyendo una antología de Mario Benedetti (qué otra cosa iba a leer la pobre si no me pide recomendaciones) y me aconsejó que leyera unos poemas del libro que le habían encantado. Me apuntó en su libreta (todavía hay secretarias que trabajan con agendas físicas) y me pidió que la siguiente semana no llegara tarde. Mi acompañante me siguió en mi viaje de regreso al refugio. El vecino, siempre tan contento, prosiguió con sus pacientes (pienso que un día me van a escuchar hablando de ellos y que sea en buenos términos, mejor) hasta las 2 de la mañana había personas haciendo fila en la reja. Nadie pareció notar los machetazos como un signo de desconfianza. Más vale malo, por conocido. Mientras más noche se hacía y después de una lluvia ligera, las figuras se fueron volviendo difíciles de distinguir entre sí, hombres y mujeres llevaban amplias sudaderas con capuchones y todos usaban pantalones guangos. Qué fastidio, ser ese tipo de doctor. Aunque el dinero no le debe faltar. Salí a las escaleras a mirarlos por un rato a ver si alguno valía la pena que lo asaltaran. No soy un ladrón, que quede bien claro, pero tampoco soy un alma caritativa. Lo que a mí me hace falta es caridad. Pero, bueno, el que pega primero pega dos veces. Alberto me llamó por la noche otra vez, nuevamente de fondo (cada vez es idéntica esta llamada) escuché el programa de televisión que ve su padre. Me contó que su intento de conquista se fue al garete, que nadie le dijo nada de que las mujeres podían decir que no a un hombre de su talante, de su garbo. Se preguntó si acaso terminar la universidad le conferiría otro tipo de atracción. Le comenté que quizá debería dejar de comer tanto y hacer un poco más de ejercicio. Se quedó callado un tiempo. Creo que estaba viendo el programa de televisión él también. Dejé el auricular junto a mis macetas. Creo que colgó. Espero que colgara.
He llamado al único hombre sensible que conozco. Quizá no sea el único, pero cada vez que marco contesta la llamada y eso me basta para confiar en él. Soy pobre, de amistades, de amores, de influjos vitales, me conformo por hábito, no por falta de ambición. Le comenté casualmente, carente de llanto, la progresión de los sucesos que llevaron a mi noble proposición amorosa al fracaso. Deliraba a causa de la inmensa desilusión. Entrado en personaje, comportándome a la altura de las circunstancias, le propuse a esa mujer que me dijera su nombre. Oh, hermosa beldad mulata, acaso pasajera visitante originaria del continente más triste, tan extravagante e hipnotizante mujer de traje y pañoleta anudada, tierna beldad africana. Me dijo que no, que no me conocía, que no tenía por qué acudir a ella de forma tan desvergonzada, que estábamos en el metro. Le dije que su belleza me impedía ocultar mi adoración. Que siendo presa de los designios primigenios del mundo humano me atrevía a abordarla así. Yo estaba destinado (estoy) a ser una estrella en el firmamento de la historia letrada, y ella sería la mujer a mi lado, la mujer a la que yo mismo había elegido, la mujer de mis sueños, la fantasía vuelta realidad, un envoltorio de dicha para mi todo, confitura cierta de mis noches de naufragio. Arremetió contra mí, con furia, con tuda su femineidad. De sus delicadas manos se armaron dos puños, de su desdicha, una mueca terrible se fraguo en su semblante, mis costillas fueron pretexto para que sintiéramos dolor, juntos por un instante, mi hombría hirió sus hermosos sentimientos, mi carácter rudimentario me hizo parecer un acosador cualquiera, un ignoto que asalta a las señoritas azarosamente, un canalla que ronda los pasillos del metro tratando de saciar sus primitivos deseos, maestro del onanismo, eyaculador siniestro. Recibí su declaración como el caballero que soy, sin chistar, músculos tensos para aminorar el daño si fuera posible, rostro pétreo, máscara de indulgencia, extraño suceso de la naturaleza que más que un hijo se asemeja a un perdigón tirado en el piso del tiempo, inútil, ápice de cordura en este mundo que se ha vuelto un torrente de mierda. Lloré, por amor. Cuando llegó una policía la detuvo y se la llevó en custodia. Los demás testigos, incapaces de comprender por qué me había quedado sin defenderme, acusaron a la bella e inocente dama de haberme lacerado. Con una ceja abierta y sin aliento, declaré lo contrario. La policía nos llevó a ambos al pasillo, pero entonces se armó una batalla campal. Los pasajeros habían tirado de la palanca, decían, para que se detuviera la golpiza, no para señalar culpables y pedir encarcelamientos. Un vendedor de a pie se apeo y me reconoció como un caballero, como su igual, me propuso ser un testigo de mi integridad y le agradecí, pero él interpretó de la peor manera mis deseos y se abalanzó sobre la mujer inocente que ahora sería hecha presidiaria por mi causa. Le atinó un golpe en la cara y entonces salieron otros hombres y mujeres a defender cada uno su propia causa. ¡Oh, mundo patógeno! La escaramuza se desvaneció como una nube de polvo, yo me escabullí hacia la oscura ciudad, disfrazado de otro maleante más, irreconocible, indistinguible, remedo de mí mismo. La turba se perdió también corriendo hacia diferentes calles del centro histórico. Me sentí recibido por las calles como si fuera un hijo perdido, desdeñado, empero bienvenido. La ciudad me tendió la mano, un vagabundo que vivía en las calles me invitó a compartir la cama con él, con un gesto amable y dulcísimo que solo la desdicha otorga a unos pocos agraciados. Nos recostamos ambos sobre aquel oscuro y olvidado sitio a la afueras de un banco, -institución repugnante- nos cobijamos con nuestro entendimiento del universo y de la humana fortuna. Varios policías salieron corriendo enfurecidos como regurgitados por las entrañas del metro, buscándome a mí. Pero ninguno atinó a verme allí, enconchabado sobre un cartón, quizá porque ahora era transparente, un digno hijo de la indiferencia, un abogado del tiempo perdido, una bestia. El hombre sensible siguió escuchándome en silencio desde las profundidades de la casa de su madre. A los 35 años somos unos ciudadanos ejemplares, obedientes, congruentes, íntegros. Supuse lo peor. Mi historia lo había conmovido hasta las lágrimas. Su pudor lo había hecho marchar. Seguramente se había retirado del auricular habiéndose apropiado de mi duelo. Nos despedimos como siempre, él con su silencio, yo con palabras tiernas de amigo que dice: Buenas noches, tipo. (Nunca diría güey, lo considero vulgar).
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