Escribí una nueva canción para la banda. Se llama "Cómo volverse más papa sin quemarse ni coserse". A la banda no le gustó, pero me reí mucho escribiéndola. Me llamó Alberto a medio follar (por teléfono) y le contesté. Una oferta editorial, seguramente, eso pensé. ¿Si no por qué más me iba a llamar un enemigo de las telecomunicaciones? Bueno, era para contarme que todavía le está flaqueando la voluntad. ¿Quieres que esa mujer sea tuya-tuya? No lo sé, me contestó. Le pedí un momento y terminé de follar. Prosiguió a contarme más de su ambicion exótica. No hay muchas mujeres así, con ojos tan atemorizantes. Me asusta verme en ellos, dijo. Yo pensé que nada lo asustaba, pero, bien. Le mandé abrazos y le eché porras. Me acosté junto a mi invitada especial y le pregunté si quería tomar un matecito. Me dijo que no. ¡La ignorancia no se puede compensar con mates, pero rechazándolos se vuelve uno, irremediablemente más ignorante! Me puse a redactar una crónica de la manifestación del orgullo gay. Dos, en realidad y las dos a la vez. Una era para el periódico ese para el que escribo, sin lectores, y la otra era para un conocido neonazi que me había pedido una reseña de cualquier tipo. Mi crónica era una sátira, que bien leída traslucía que el enfadado narrador se sentía muy excitado y rechazado al contemplar la masculinidad desplegada por aquellos individuos, especialmente por aquellos a quienes más afanosamente atacaba con exageradas descripciones de sus figuras "grotescas", "vergonzosas" aunadas de breves reflexiones fálicas. Se iba erigiendo muy bien la crónica. Se me hizo más buena que la otra. C'est la vie... La frustración del siglo, pensé, hombres que no son hombres, hombres que sueñan con ser hombres pero que no se atreven a dar el salto y agasajar... a otro hombre.
Busco a la mujer. Me levanto, me ordeno el cabello con meticulosidad. Imagino que los párrocos de las iglesias preparan sus discursos mientras se ordenan la vestimenta, un poco de talco, quizá, a voz queda, una blasfemia. El orden y la ordenanza. La orden es de mí para mí mismo: ahora, Alberto, lánzate con toda la elocuencia y musicalidad, dialoga, lánzate, abórdala, descubre el misterio, encuentra la verdad en la cara siniestra de lo incierto. Atrévete. Llamo por teléfono a mi estimado colega y presuroso, anfitrión de la duda, le informo de mi desdicha. Se ríe, cínicamente. Se atreve a trivializar mi afrenta. Hoy cambiará la forma de la tierra. Mi segunda novia. Acaso suene pusilánime viniendo de los labios de este sabiondo veinteañero citadino, acaso suene a que cumplo con los anhelos ancestrales que mi mexicaneidad ha impreso en mi nuca literaria: habrás de reproducirte, habrás de salir con ella, con la mujer. Quizá no sea siquiera un hombre, me basta con decir que soy el escupitajo de la vida cruel. Me basta con golpear el espejo en que me peinaba y reducirlo a un remedo de mí. Hoy termina la incertidumbre, hoy sabrá quién soy, me reconocerá y el viento izará su manto prepotente, la tierra sentirá más las cicatrices de los milenios como lo que son, haré la guerra a los cinco elementos, las montañas rugirán, las aves caminarán a sus destinos añorando la seguridad del vuelo. Siento que el mundo llegará a su fin y perecerá por mi mano. Así es este sentimiento puro. Negros son mis deseos, negra la mujer.
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