miércoles, 24 de diciembre de 2008

Pariendo fantasias.

Teníamos dinero. A Eduardo Marín alias "El borracho", aunque se portaba como todo un adolescente - irresponsable, impulsivo, influenciable - sus padres, divorciados, le daban mucha pasta sin preocuparse demasiado en que lo gastaba. Mi tía me daba dinero, además que yo robaba; por lo que ese sábado teníamos billetes en los bolsillos y el mundo para nosotros.
Hicimos algunas estupideces antes de entrar a esa cafetería. Lloviznaba y era el crepúsculo en la Ciudad. Estábamos cerca de la estación del metro Chapultepec. Buscamos un lugar en la sección para no fumadores y nos sentamos. Pedimos limonada y alguna mierda demasiado grasosa para comer. Eramos los únicos en el local. Los empleados lavaban los pisos, los trastes y los baños. Había una mesera guapa que platicaba con otro empleado. Me fije en ella, pero no para empezar a coquetearle. Mientras Eduardo decía alguna idiotez relacionada con su limonada, yo reflexioné: Aquella mesera tenía algunos años más que nosotros y trabajaba para... a)Mantener a su familia. b)Tenía un hijo recién nacido, pero no un esposo. c)Costear sus estudios. d)Pensaba escribir un libro sobre relatos que sucedían en cafeterías. Y luego me comparé con ella: Yo era un niño bonito que adquiría dinero de forma criminal, me mantenían y en la casa de mis tíos, donde en ese entonces vivía, no había problemas financieros. ...La mesera reanudo su trabajo - trapeaba el piso - y yo comencé a reírme de las bromas de Eduardo.
Eduardo marín es extrovertido y simpático. Es moreno, un poco alto, delgado, con nariz aguileña, le gusta llevar el cabello largo, es algo guapo y es poeta. Cerca de la cafetería, en la colonia Condesa (¿o era en la Roma?) vive su amor platónico: Ericka Canseco, que es bailarina de danza contemporánea. Muchas noches Eduardo se emborrachó por ella; en ocasiones fue al departamento donde ella vivía, pero antes de tocar la puerta padecía un miedo tremendo y mejor se iba.
Esa tarde también hablamos de Elizabeth Berenice Pérez, la que fue mi princesa. Ésta y aquella eran nuestras ilusiones y nuestros problemas, ambas marcaron nuestras adolescencias de una manera definitiva. Nos presentaron - con sus coqueterías y alejamientos - al desencanto y a la tortura. Y al menos a mí, Elizabeth me hizo saber que yo no era un buen chico, que soy un tipo muy raro y nunca valdré nada hasta que tenga mucho dinero.
Mientras nuestros amores de primero de preparatoria eran dibujados en el aire, arribó a la cafetería una pareja de mujer y hombre maduros. No recuerdo al sujeto, recuerdo que la mujer tenia 40 años o algo así, era bajita de estatura, vestía pantalón de mezclilla ajustado y chamarra negra de cuero; su cabello era rubio artificial y sus senos eran grandes. La mujer era guapa y me gustó. Desde que la descubrí comencé a coquetearle. El hombre platicaba sin parar y ella se mostraba aburrida. Cuando me descubrió mirándola se emocionó. Y no porque yo sea hermoso sino, creo, porque debió parecerle fantástico que, a pesar de sus 40 años, un niñito estuviese coqueteándole. Cada vez que yo la veía ella me sonreía con malicia. Su pareja no se daba cuenta de ello, jamás volteó o le reclamó algo; él seguía en su platica interminable y nosotros, la mujer y el niñito, paríamos fantasías que no vivieron mucho tiempo.
- Tú con tus historias y yo con mis poemas, tú con Elizabeth y yo con Ericka... creo que por eso nos llevamos muy chido.- dijo Eduardo de pronto.
Yo terminé mi limonada e intenso, le propuse:
- ¿Que te parece si hoy no regresamos a casa?
- ¿Y donde nos quedaríamos? - preguntó él, extrañado.
- En la calle.
- ¡No mames!
- ¿No te atreves?... estará chido... Yo nunca me he quedado a dormir en la calle, hay que hacerlo hoy.
Salimos de la cafetería y nos cerramos las chamarras. El frío, la noche y la Ciudad de México nos exitaron.
- ¿Tienes miedo? - le pregunte a uno de mis mejores amigos.
- ¿Y si nos asaltan? - él miró hacia todos lados.
- Sé kárate.- y me toque el abdomen y la dureza que comenzaba a presumir.
- Si tú me defiendes está bien.
...Pero terminaríamos durmiendo en el cuarto de mi amigo Eduardo Marín, en la casa de su padre.

1 comentario:

Jane dijo...

Au!! Sí.. la neta da miedo quedarse a dormir en la calle.

Oh diablos!! ¿Feliz navidad?

EeE