Alguna vez, en algún instante del tiempo, una muchacha con el cuerpo hecho de sueños y un joven con la fatalidad en los ojos, caminaron en busca de la trascendencia.
Ella, la noche en su vestido, miró la distancia y pensó en el mañana. Él, su corazón de pronto colérico, de pronto afligido, miró el perfil de su acompañante y deseó que el presente no se diluyera como el agua. La avenida - amplia, limpia, rutilante - se extendió callada y fría. El viento agitó el cabello de los árboles y limpió de basura el suelo que alguna vez pisó un emperador a caballo. Las sombras de semáforos, señalizaciones y edificios tiritaron gracias al frío de diciembre:
¡El año moriría esa noche!
Ella, su cuerpo hecho de sueños, cruzó sus brazos, aceleró el paso y mordió sus labios defendiéndose del viento. Pero aún así su pecho tembló. Y no sólo tembló por culpa del vehículo de la noche: el chico al que se había confiado, de repente, se había puesto la máscara de la infidelidad.
Él, semejante a una nube por su belleza y finura, pero también capaz de esconder rayos y desencadenar diluvios, se quitó la chamarra y se la acercó diciéndole:
- Pontela. Hace mucho frío.
Ella se negó de inmediato.
- Estoy bien así... - en su voz el cansancio pidió una cama.
- Te puedes enfermar.
- ¡Y eso a ti que te importa ! - al instante Ella se arrepintió de haber dicho eso.
Él, grácil por fuera, tan vehemente por dentro, dejó caer el brazo y la chamarra se arrastró. Se arrastraron también sus ojos: había mancillado la confianza que Ella sólo creó para Él. "¿Por qué la autodestrucción es de lo mejor que hacen los humanos?" se preguntó justo cuando ambos pasaron a lado de una fuente que sostenía a Diana, la Diosa de la caza, y que con su arco apuntaba hacia el cielo de la inmortalidad.
"¿Por qué las mujeres se enamoran de hombres que las hacen sufrir?" pensó Ella y la tristeza apretó sus ojos hasta que un par de lágrimas danzaron por sus mejillas.
De pronto, como en un ensueño, magnificando aún más la avenida más hermosa de una Ciudad trepidante, ¡Avenida Reforma!, hubo un terremoto en el cielo. Muerto un año, el otro llegó acompañado de un ejercito de luces. Los fuegos artificiales vivificaron la mirada de Ella. Lentamente tomó la chamarra y antes que se la pusiera él reaccionó.
- Perdoname por todo.- susurró y se detuvo frente a Ella, le acomodó la chamarra al cuerpo y después ambos continuaron caminando en silencio.
...Alguna vez, en algún instante del tiempo, atravesando una Ciudad trepidante, una muchacha con el cuerpo hecho de sueños, y un joven con la fatalidad en los ojos; caminaron en busca de la trascendencia y el perdón. Y arriba, en el cielo de la inmortalidad, un concierto de fuegos artificiales anunció esto:
Todo puede cambiar para siempre.
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