lunes, 11 de agosto de 2008

La eternidad comienza con el verano.

Daba inicio el año escolar en la Universidad, en la Facultad de Filosofía y Letras, y yo sentía algo... algo extraño...
Nuevos personajes aparecieron, otras historias para ser leídas, otras voces para ser escuchadas, secretos en cada esquina y una amenaza: "Nunca serás tan joven como hoy en el mañana".
Rebelde como siempre, testarudo, me olvidé de la carrera en la que estaba inscrito (y que había escogido sólo para permanecer en Ciudad Universitaria) y decidí entrar como oyente a casi todas las clases de "Literatura Dramática y Teatro". Tal desición me traería más dolor, pero a la par una emoción en el pecho, un cosquilleo en mis pies, en mis genitales, en mi garganta... también conocido como AMOR.
...Ella...
La eternidad comienza con el verano. La eternidad comienza con Ella. Un verano me la trajo y quizá un verano también se la lleve. O más bien: un verano me llevará lejos, ¡lejos!, hasta que no quede de mí más que algunos de mis cuadernos, éste y sus memorias tan tristes y violentas.
...Yo no quería voltear hacia Ella. Al descubrirla sentí algo... ¡algo extraño!... pero permanecí indiferente.
Una ola de chicas nuevas cayó a mi playa. Intenso y atrevido, les coqueteé a desmedida, recibí algunas miradas cargadas de sexualidad y estuve a punto de avalanzarme hacia un par de ellas, pero mi conciencia me detuvo. Aquellas nuevas féminas, en la violenta historia de mi vida, al poco tiempo resultaron ser globos que buscan llegar al espacio: bellezas fugaces, inútiles, que vivirán sin poder ser libres jamás.
Ella era diferente. ...Estrictamente todos somos diferentes. Estrictamente al formar parte de una sociedad los miembros tienen algunos o varios rasgos semejantes, es inevitable. Sin embargo había algo distinto en la figura de Ella, en el color de sus ojos. Gastaría un año y un libro de mil paginas para explicarlo mejor y aún así sería confuso. Fútilmente resumiré que lo dísimil entre Ella y las otras chicas (¡las toneladas de chicas allá afuera!) era la esperanza que transmitía su mirada... el futuro cierto en cada uno de sus pasos... la promesa que representaba para el mundo entero...
...Pero a pesar que supe esto desde el primer momento, yo no quería voltear hacia su persona. Le inventé defectos que Ella destruyó con facilidad a los pocos días. "Es tonta", "es frágil", "es consentida", "es una rosa más en el rosal", me dije cada vez que aquello extraño en mi pecho me producía vértigo. Hasta que mi actitud para con Ella cambió una tarde de septiembre...
La clase de actuación estaba por comenzar y esperábamos al maestro. Afuera del salón, sentado en el piso, recargado en la pared, yo palpaba mis muslos y sonreía al considerarlos (junto a mi mano izquierda) como la parte más bella de mi cuerpo. Perdido en la soberbia, señero y necio, de pronto la fatalidad me hizo voltear hacia la derecha. Tres personas hablaban sobre un tema que les producía seriedad un momento, alegría al siguiente. Una chica llamada Alejandra y un muchacho de nombre Alan brillaban con todo el poder de su juventud. Y Ella... Ella vestía un top de tirantes algo escotado y negro. Negra también la falda estilo gitano que llevaba puesta y que terminaba en picos y un poco más abajo de sus rodillas. Calzaba unas zapatillas tipo bailarina de ballet doradas y el brillo que emanaba revolucionó mi interior. Me sedujeron sus tobillos, sus pantorrillas, el comienzo de sus senos y sus hombros. No podía creer que alguien tuviera la piel inmaculada, que los pocos vellos de sus brazos fuesen tan hipnotizantes como el oro. Observé el perfil de su rostro, sus componentes y la armonía resultante. Increíble su sonrisa, la caída de sus pestañas y el color de sus mejillas. Y repentinamente la Universidad se transformó. Ahora era un salón de baile; una noche, una fiesta. Ella se deslizaba de aquí a allá platicando con los invitados, saludaba y se divertía. Naturalmente hacia suya una celebración que le pertenecía a otra. Y yo era un mesero sin rostro, uno de aquellos jóvenes que viven en la periferia de la Ciudad y sirven mesas en Polanco, en Santa Fé, en la colonia Roma, para poder estar cerca de las chicas de clase alta y soñar con que una de ellas, en un momento trepidante, deje de mirarte como si fueses una roca...
...Mi ensoñación concluyó cuando de pronto mi amigo Ricardo Ruiz llegó, se sentó a mi lado y con voz suave me dijo:
- El mundo cambia cuando dos se miran y se reconocen.
...Yo no quería voltear hacia Ella, pero desde aquella tarde no puedo dejar de mirarla. La miró en cada mujer, en cada cuarto deshabitado y en los silencios.
...Y en cada uno de los cielos de mi juventud.

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