(Para el muchach Daniel Toledo, amigo de Robert Redford y de Robert De Niro. Quien, en la noche que leí esto, extrañamente se encontraba callado, quizá enojado o melancolico. Sin embargo más tarde, poco antes de despedirnos, su característico desparpajo volvió con nuevos bríos para, al menos en mí, iluminar el díficil regreso a casa).
(Esto fue una tarea para una clase en la que no estaba inscrito, que leí para la maestra y los cuantos compañeros de grupo que poco a poco dejaré de ver, y por supuesto no tuve calificación. La mejor calificación fue que a un juglar llamado Daniel Toledo le gustó y también a una chica llamada Fabiola).
Felipe Maldonado es un tipo duro.
Lo conocí hace un año en el centro de la Ciudad de México. En es atardecer nublado yo me dirigía hacia la calle Justo Sierra para robar libros en las librerías de viejo. Viajaba en el metro. De pie y recargado en la puerta contraria a la entrada, yo resisitía el viaje leyendo un libro llamado "American Psicho" del autor norteamericano Bret Easton Ellis. Entonces una voz ronca con matices seductores susurró: "Ese libro produjo un sismo en mi vida". Subí la mirada y me encontré con un Hombre joven, blanco, de cuerpo atletico, quizá 1.72 cm de estatura. Vestía zapatillas deportivas negras, pantalón de mezclilla azul cielo y una playera negra de cuello de tortuga. Tenía el cabello oscuro, corto, peinado hacia atrás. No recuerdo que contesté. Recuerdo que iniciamos una platica amistosa sobre el libro en cuestión. Y mientras transcurrían los segundos noté cierta distancia, cierta fiereza en su figura que comencé a desconfiar de él.
Sin embargo, quizá por algo que dije, él sonrió. Y fue como si el clima cambiara; surgió un hoyuelo en cada una de sus mejillas y gracias a ello distinguí el esqueleto de una ternura, de una delicadeza, que alguien, algo la asesinó. Le dije mi nombre y le pregunté el suyo. Creo que me mintió al contestarme.
...Sus ojos...
No lo recordaría ahora sino fuera por sus ojos. Sus ojos eran medianos, cafés, de un brillo sin parangón. Si los hubiese mirado mucho tiempo una profundidad insondable me hubiese devorado. Dentro de su mirada planetas se colapsaban entre sí y estrellas nacían y se apagaban con una celeridad hipnotizante. Su mirada era definitiva. Reflejaba el dolor, la soledad, el rencor que experimenta una persona cuando ha perdido todo o lo que le era más importante ahora está roto y se encuentra esparcido en el horizonte...
En la estación previa a nuestra bajada tres chicas guapas accedieron al vagón. Antes de desplazarse hacia el fondo miraron en nuestra dirección, lo miraron a él. Él las ignoró. Yo sólo pude suspirar y morderme los labios. Ante mi gesto Felipe se animó a revelar:
- Alguna vez conocí a una Mujer. La criatura más bella que pude conocer. El ideal más noble... - mientras hablaba su mirada, antes dura, se ablandó hasta volverse nubes estivales. Felipe Maldonado prosiguió: - La amó... pero Ella no sabe que existo. Ahora Ella está lejos y yo...
Se detuvo. Pareció arrepentido por haber dicho eso. Sus ojos volvieron a albergar hoyos negros y su gesto regresó al distanciamiento de hace unos segundos. En la estación Zócalo salimos apresurados. La marejada de personas me confundió un poco, voltee para preguntarle hacia donde se dirigiría, pero él había desaparecido...
Final alternativo 1 (el que inventé para la gente):
Quizá algún día doblaré una esquina y su mirada nuevamente atravezará mi presente.
Final alternativo 2 (el que inventé para mí):
Con ansia miré hacia todas direcciones. ¿Dónde se metió alguien con el que me había identificado? Tal vez nunca salió del vagón... Miré a través de la ventana justo cuando el tren comenzó a avanzar. Y sí, él estaba allí. Pero no dentro; afuera, en mí. Antes que el vehículo se perdiera en una oscuridad trascedente, los vidrios me dieron un reflejo. Y con extraña fascinación y una gran fatalidad supe que aquel Hombre - un tipo duro - sería yo dentro de un año, dentro de dos.
Final alternativo 3:
Esa tarde en el centro de la Ciudad confirmé una de mis teorías: Para el robo hormiga uno debe mostrar confianza, seguridad en los movimientos y en la mirada. Mirar de frente y no esconderse. Saludar a quien este en la entrada (el policia, un empleado) y al robar hacerlo rápido (la demora levanta sospechas). Es opcional hacerle preguntas a los empleados por tal o cual producto (mostrarse jovial y amigable) o comprar algo de valor nimio (para despistar) o llevar en la bolsa un poco más del importe (los precios aumentan repentinamente) del objeto que se piensa robar (así, si te atrapan, pagas la porqueria y te vas), etc...
En una librería de viejo donde la mayoría de los libros usados son más caros que sus respectivos nuevos, robé "Menos que cero" de Bret Easton Ellis, "La náusea" de Jean Paul Sartre y - sólo para burlarme de la gente - la Biblia. Una biblia de bolsillo que lancé a la mitad de la calle diez pasos después de haber salido de aquel establecimiento.
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