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Caminar se había vuelto una actividad menospreciada, digna de adolescentes desorientados, turistas (sobre todo extranjeros) y principalmente vagos.
Autos, autos voladores, taxis, bicitaxis, patinetas, deslizadores, helicópteros, bicicletas, motocicletas, autobuses, trenes del metro, tranvías, máquinas teletransportadoras, hombres con sillas en las espaldas, elefantes, burros, caballos u otras bestias... eran indispensables en una urbe, cualesquiera deseaba tener algún vehículo de éstos, formaban parte de la idiosincrasia de sus habitantes.
Era una flojera caminar más allá de dos calles, una exageración si alguien iba a pie de una colonia a otra. Era prudente pasear por un parque los domingos o recorrer un centro comercial o tianguis para buscar ofertas, pero ir deteniéndose en esa banca, en esa heladería, afuera de ese probador. El centro de la Ciudad siempre era excepcional (en éste y muchos otros casos). Allí, a pesar del tranvía, los bicitaxis, los mini helicópteros y el turibus; los pies eran preponderantes. Demasiados caminaban, venían de todas las partes de la urbe, del resto del país, de tantas zonas del mundo, para experimentar tal esfuerzo; conocer sitios, reconocerlos, comprar lo que se buscaba, lo que no; enamorarse, inspirarse, desaparecer. Una intensidad se adhería a cada visitante, cada uno no podía detener sus pies, incluso sentados los movían agresivos o con grácilidad.
Y dentro de esa corriente constante, una energía sobresalía entre las demás. Una mujer. Al verla tantos la seguían, la envidiaban, la imitaban; su presencia le explicaba a algunos el porque del placer de caminar, incluso porque los humanos tenían piernas.
Ella misma era la energía cinética.
Azul cielo no comía, hablaba con susurros y monosílabos, se le veía andar entre la lluvia o el granizo, muchas veces por el centro, pero también en el sur, en el oeste, en cualquier punto de esa metrópolí trepidante y rara; no pensaba, sólo tenía la necesidad imperiosa de estar en movimiento, de no salir de los limites de la Ciudad, de no titubear, intuía que cuando mantuviera los pies fijos su contraparte se alzaría para regresarla a la oscuridad.
Guinda, desde su catatonía, estaba contenta. Su antigua soledad había terminado, ¡Que próxima ahora se hallaba a esas calles que amaba!, ¡Las abrazaba! Un sentimiento que en sus momentos álgidos provocaba destellos blanquecinos que irisaban el asfalto, salían de los contornos de la sombra como espinas de luz, un espectáculo que cautivaba a los pocos que se percataban de ello.
Guinda también padecía desesperación, quería volver a utilizar sus piernas, presumir sus rebeldía al contonearse; quería enamorarse, sospechaba que a su impostora también le sucedería...
...El amor detiene a los viajantes, la fuerza cinética que los conducía hacia todos y hacia ninguna parte, es transformada en una fuerza gravitacional que además de provocar cansancio, confianza y paz; torna lo inmenso en minúsculo y lo pequeño en superlativo. El mundo ya no es un hogar, ahora lo es esa mano que sujeta a la tuya con candor, los caminos no son tan vastos como la piel, la necesidad de andar es sofocada irremediablemente cuando un pecho palpitante ofrece un descanso y también un final...
Guinda lo sabía, Azul cielo por igual. Su recorrido no podía ir más allá de las fronteras de un corazón.
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