lunes, 11 de febrero de 2013

La misteriosa cadencia del guinda y el azul (Versión A, última entrada).

Epílogo.

La encontré en mi camino una tarde cuando una ventisca se llevaba consigo a todas las personas que hallaba en su paso. Pasé cerca, en contraflujo, reflexionaba sobre los amigos que alguna vez tuve, familiares a los que no veía desde hacía años, un par de amores fallidos a los que miré cuando ellas no me miraban; ¿dónde estarían ahora?, ¿luego de cuanto tiempo nos reconoceríamos?, ¿sería este día, la próxima semana, después de casarme, al estar viejo?, ¿nunca retornarían a mi vida aunque yo lo deseara tanto y ellos también?; tal vez en esa calle, en la siguiente, al entrar a esa tienda o al aguardar el cambio de luces del semáforo, uno de los extraviados reaparecería.
Asevero que una persona es todo lo que le ha pasado en la vida, cada afición, cada sentimiento, cada personaje, adverso o apreciado, es parte de uno si la memoria y el corazón los hacen suyos. Estamos completos con todo ello, el tiempo, la fatalidad, los dioses o el destino, no sé a quien culpar, nos van descascarando; cuando niños estamos desnudos, las experiencias nos atavían, nuestra alma, al madurar, no quiere estar desvestida. Pero es inútil, las prendas van cayendo con los años, los amigos nos dejan (o nosotros los dejamos), las mascotas mueren, la escuela cierra sus puertas, nuestros juguetes van a la basura, nuestros atavíos deportivos quedan encerrados en un locker, las novias que vivían en una cama han muerto en un baño... Todo es lejanía. Todo es soledad. Pero las estampas de nuestro álbum que hemos perdido, pueden ser remplazadas por otras. El mejor amigo que tuve en primero de bachillerato dejó de serlo en segundo, en segundo otro tuvo mayor identificación conmigo; los cinco años de danza en la infancia fueron olvidados por los cinco de boxeo en la universidad, las albóndigas que hacía mi tía abuela perdieron su sabor, ganaron repugnancia incluso, cuando la madre de mi amiga siempre me recibía con lasaña...
En tal colección hay piezas insustituibles, claro. Nunca nadie sustituirá a mi padre muerto, ni al primer gato que tuve, sin ellos nunca estaré entero. El camino podrá darme tantas cosas, regresarme las que me faltaban, jamás a Don Alberto o a Arenitas. No estaré completo... o quizá...
Esa chica vestida de azul cielo completa mi Ciudad. Creo que sin ella estas vías se quebrarían, sus pisadas mantienen unido el asfalto. Ella me obliga a caminar. Siempre la encuentro de frente, unas treinta veces en las que la he observado con fijeza el rostro, ella hace como que me reconoce, hace como que le soy indiferente. De repente parece ofendida, otras muy altiva, en las más no descubro expresión alguna; su parquedad me hace sospechar que esta sola, que disfruta su soledad, pero que también quisiera cambiarla, estar con alguien para atravesar los países.
Nunca le he hablado, tampoco seguido, la miro alejarse maldiciendo mi timidez tan arraigada. Ojalá pronto sea valiente.
Mis padres, mis tíos, casi todos los que me conocen me llaman vago. No trabajo, llevo dos años sin terminar mi tesis, a veces la realidad me rebasa, me siento tan soso y tan endeble. Pero hay una luz que nunca se apaga. La Ciudad siempre me recibe con afabilidad, sus misterios me impulsan a seguir. Tengo que caminarla entera, estar afuera...
Porque afuera ella vive, me la encontraré esta tarde, un segundo que estemos juntos, toda la vida separados, pero valdrá la pena, la habré visto. ¡Afuera!
Ella esta, ¡Ella esta!





03/02/13
Morelos, medianoche, a punto de dormir en el suelo; mis hermanos, mi prima, mi madre y mis tías ríen, yo estoy lejano.
Pienso en ti, Ileana. Tú nunca sabrás eso.
Tiempos obscuros.





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