9
En una noche veraniega por fin se levantó.
Avenida Revolución apartó su estruendo por unos instantes. Carros, faroles y personas se parapetaron tras el mutismo y la lejanía. Un viento afilado escindió el camino, posicionando al conformismo de un lado y a la fantasía del otro. Las sombras abandonadas en la banqueta fueron barridas hacia el hoyo de una esquina, brotó sangre de una coladera y unos niños brincaron de azotea en azotea. Guinda Gómez se sintió confiada, plena en esa soledad. Gritó:
- ¡Nada va a detenerme!
Gustándole el eco resultante, que rebotó de esa ventana iluminada hacia sus senos traviesos, de esa puerta entreabierta hacia su fértil abdomen, de ese recio muro hacia sus nalgas bailarinas. Se sobresaltó al advertir esa presencia, un susurro que la hizo voltear presurosa, enredarse sus pies y casi caer contra aquella silueta que venía detrás suyo.
Era un desconocido, el pelo largo, los rasgos blandos, el cuerpo atlético y mediano, un paso contemplativo y una vestimenta oscura y holgada que se agitaba bravía como un tornado.
- ¡Ay! - ella masculló y él la detuvo de un hombro porque creyó que se caía.
- ¡Cuidado señorita! - le dijo con una voz suave y envolvente.
La miró con unos ojos insondables que la succionaron hacia un misterio enloquecedor, antes de rebasarla y extraviarse en las oscuridades de la metrópoli.
Ella se detuvo, herida. Algo dentro de su corazón le ordenó que lo persiguiera. Tenía que saber quien era él, tenía que comprobar si estaba enamorada. Retomó su camino diez segundos después, cuando lo que pudo ser ya no sería. Caminó, trotó, corrió. Corrió, trotó, caminó. Un raro cansancio rápidamente se adueñó de sus extremidades, llenándolas de herrumbre. Pasó una esquina, apenas alcanzó la segunda y el hartazgo le provocó un gran enojo. Luego sintió tristeza, ¿de qué le había servido caminar tanto?, ¿cual era su meta, cual fue su principio?
- ¿A dónde voy a parar? - se preguntó en voz alta, sólo su sombra la escuchó.
Azul cielo se puso de pie furiosa, clavó unas garras repentinas en los hombros de su gemela. La jaló hacia ella, apenas le sofocó un puchero cuando le intercambió su sitio en la realidad (una tan vasta que nadie podía recorrerla por entero). Y ante la inutilidad de Guinda, Azul se sintió satisfecha. Ahora conocería la Ciudad, el mundo. Una protagonista que caminaría sin nunca detenerse.
10
Nunca se detuvo.
Con las primeras luces del día una chica pequeña con una rara belleza y con una cadencia misteriosa al andar, atravesaba toda la urbe. Su breve presencia tranquilizaba a los estresados e intensificaba a los soñolientos. Un rayo que aclaraba la calle, un torbellino que saneaba la avenida, brillos que permanecían en las ventanas de los edificios, que lustraban monumentos, fuentes, postes, casetas telefónicas...
Era un ligero terremoto, un soplo que acariciaba el cuerpo. Los animales, sobre todo los perros, la evitaban. No así los hombres o las mujeres lujuriosas, los fotógrafos o los jóvenes enamorados. Una gran paz experimentaban al estar un paso detrás suyo, sobre su sombra. También y de una manera rauda, un cansancio los aquejaba. Querían perseguirla hacia donde fuese, sus piernas ya no se los permitían. Ya nadie era devorado, si vivían una gran frustración. Aquellas nalgas eran un asidero en medio de su océano solitario, al no aprehenderlas sus manos se crispaban, rasguñaban sus pechos, daban manazos hacia el aire; "¿A donde vas?, ¿de donde venías?, ¿cuando tu camino otra vez se encimará sobre el mío?" preguntaban deprimidos; a veces masturbarse pensando en ella los consolaba, a veces preferían ya no salir, no ver a nadie, quedarse sentados en casa.
En ocasiones los más atrevidos le hablaban: "¡Oye, amiga!" pero Azul no volteaba, "¡Oye, disculpa!, ¿No te conozco?" trataban de saber de ella, pero ella los miraba con desdén y aumentaba el ritmo de su caminata; "¡Hola! No soy muy bueno hablando con mujeres, además no me gusta molestar a nadie, pero tengo curiosidad..." buscaban detenerla con tales palabras, incluso se paraban frente a su persona, pero ella con un movimiento ágil los esquivaba, trotaba, corría, luego de la primera esquina el más osado se detenía para escupir o maldecir derrotado.
Azul cielo siempre vestía del mismo color (Guinda nunca de guinda, se decía que ataviarse así sería como un pleonasmo). Ropas que variaban ligeramente: playera, blusa o chamarra, pantalón de mezclilla, de algodón, pants; zapatillas, tenis para correr, tenis casuales, tenis viejos; nunca zapatos o botas. Modificaba su vestimenta durante las madrugadas, también su peinado, que era suelto o una trenza o un flequillo.
En las noches, cuando los paseantes se detenían y en algunos tramos de la metrópoli las luces perdían fuerza, cediendo espacio para la violencia y el misterio; Azul cielo desaparecía.
Seguía caminando, pero inmersa en la oscuridad, allí sus movimientos apenas eran perceptibles, un rumor que desdoblaba los asfaltos oscuros y dormidos, un topo incansable. Nadie la veía, ningún fiestero, prostituta, vigilante. Volvía con los rescoldos del amanecer, clamorosa y rauda, sus nalgas aún más trepidantes que ayer.
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