El día miércoles y jueves adquirí dos nuevos tomos sobre arte, uno que habla del español Joan Miró y el otro del escultor Auguste Rodin.
Miró: Salí del metro San Antonio y comencé a caminar. Nunca me cansaré de caminar. Nunca tendré un auto y no sólo porque soy un miserable sino porque mis piernas siempre están inquietas (¿alguna madrugada me despertaré para darme cuenta que mis piernas han salido a correr por la Ciudad?). Desde hace cuatro años no me he comprado calzado nuevo (mi dinero siempre lo gasto en música, playeras, libros y películas), mis tenis están rotos y sucios, ahora más parece que mis pies tocan el asfalto y no la suela... ¡Lo único que quiero es ser libre!
Soy fuerte y a veces esa fuerza me dota de una belleza singular, sin embargo salí del metro San Antonio con una cara espantosa y una figura patética. En la esquina doblé y caminé todo derecho, atravesando calles y calles hasta el World Trade Center, y mi fealdad hizo que las mujeres caminaran abajo de la banqueta (yo arriba transitaba con lentitud) y los hombres me miraran con cierta precaución. La colonia Nápoles lucía tranquila y limpia. Algunas casas llamaron mi atención, me pregunté: "¿Algún habitante permitirá que un ser tan despreciable y potencialmente peligroso como yo, sea su vecino?" Mi fealdad hizo que agachara la cabeza, me cubriera el rostro cada que aparecía un chica. Cuando arribé al World Trade Center volteé hacia un puesto de hot dogs. Y allí, sentada en una banca blanca y de metal y con las piernas cruzadas (llevaba un falda pequeña), una chica rubia, de unos veinte años, platicaba con un joven. Él era mexicano, pero ella provenía del extranjero (¿de Francia, de Holanda, de Suecia?). La miré por un segundo y sólo de reojo, pero su belleza era tal que me sentí deprimido. "¿Por qué hoy soy feo?" me pregunté y comencé a encogerme lenta y metódicamente hasta desaparecer.
Auguste Rodin: "Debería destruir algo" pensaba mientras vagaba por la red del Metro de la Ciudad de México. Me sentía amable y caballeroso, le cedí el asiento a una viejita y le sonreí a una chica gorda que encontró mis ojos por casualidad. La clases de la universidad estaban por comenzar otra vez y me sentía emocionado: Este año sería mi último año escolar.
En la estación Pantitlan descubrí una librería. Me acerqué para emocionarme: el libro sobre Auguste Rodin que hace tiempo buscaba estaba allí. Era el último y de inmediato lo tomé. Me acerqué al dependiente y descubrí que se trataba de un chico de unos 19 años que cargaba a un bebé. Allí también estaba una chica güera con vestido negro y largo, la cual, seguro, era la madre del niño y la esposa del muchacho. Pagué con un billete de alta denominación y mientras ella buscaba el cambio en la bolsa del pantalón de él, yo los contemplé con curiosidad. Ya eran padres y enfrentaban los problemas que cualquier matrimonio joven tiene mientras yo era un vago que soñaba con ser director de cine. Recibí mi cambio y me alejé rápido. El color y la limpieza de la piel de la madre adolescente me recordó a la piel de una chica que hace poco conocí y cada vez que estoy cerca de ella mi pecho tiembla. No sé si tiene novio o si le agrado, lo que sé es su nombre, el cual es...
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