martes, 4 de agosto de 2009

Juglares.


De arriba hacia abajo, de izquierda hacia derecha, los personajes que aparecen en esta foto son los siguientes:

Andrés Díaz: Caminamos por el pasillo que dirige hacia la Biblioteca Central y la Facultad de Filosofía y Letras y que estaba repleto de puestos ambulantes de comida, películas, ropa, música, libros usados, libros nuevos, etc... Y en uno de esos comercios nos detuvimos porque Andrés quería un regalo para el cumpleaños de su mamá.
- ¿Qué le compró? - me preguntó y examinó los libros
- Comprále ese... - señalé "La condición humana" de André Malraux - Trata sobre unos insurrectos que pelean en la Revolución cultural china.
- No sé... Mi mamá tiene unos gustos muy extraños.
Nos desplazamos hacia el siguiente puesto y observamos un sinfín de películas piratas.
- Esa ya la vi, también esa y esa y esa. Esa de allá, la de a lado, está de acá, la de la esquina, la de la portada sangrienta, la de Robert Deniro como boxeador, esa donde sale... - presumí y el vendedor (que también vendía droga) me miró con los ojos demasiado abiertos.
- Cada que miro una película que ha ganado un premio, no importa si es el del festival de Tlanepantla, quiero comprarla... - bromeó Andrés y su sonrisa inocente apareció - Pero no la compro.
- ¿Por qué?
Andrés hizo un gesto vago con la mano y se encaminó hacia el siguiente puesto. Esperé unos segundos para alcanzarlo, mirando con fijeza su cuerpo larguirucho y su cabellera estrepitosa. Cuando estuve otra vez con él oí que dijo:
- Nunca voy a tener hijos...

Ricardo Ruiz: "¿Ves ese edificio? Allí arriba hay un restaurante. Comimos y después bajamos y caminamos por allí. Ella me dijo en tono de broma: '¿Por qué me sigues Ricardo?' y yo hice como si fuese un violador. Unos días atrás le había comprado un libro, lo saqué de mi mochila y se lo di. Y ella me abrazó. ...Fui con su familia al aeropuerto para despedirla, pero ella casi no me tomó en cuenta" dijo Ricardo y miró la lejanía nocturna y lluviosa de la Ciudad de México.
- ¿Se fue a Rusia? - pregunté devolviéndoles, con enojo, la mirada a dos extranjeras que nos observaban.
- Sí... regresó hace una semana y aún no la he visto. ...Los que sí dicen que volvió muy cambiada... ¡Triste!... Después de Moscú ya no mira con los mismos ojos a la Ciudad de México, ya está decepcionada.
- ¿Y que le vas a decir cuando la veas?
Ambos nos hallábamos sentados en el piso y recargados a una de las paredes del Palacio de Bellas Artes. Lloviznaba y el frío nos hacia sentir nostálgicos y quebrados. Ricardo Ruiz se acomodó sus lentes y murmuró:
- Nada.

Daniel Toledo: En la estación Copilco del Metro abordamos la parte última de un vagón. Las clases habían terminado y nos dirigíamos hacia nuestras respectivas viviendas. Íbamos Laura, Valeria, Raquel, Abril, Esteban, Daniel y yo. Y éste penúltimo, que siempre cargaba en su mochila un reproductor de música enorme para sus ensayos y clases de teatro, lo sacó, lo puso en el suelo y con una sonrisa lo encendió.
- Ojalá se apagaran las luces y ya no hubiera otra parada sino hasta la terminal.- dije emocionado.
Las chicas empezaron a bailar (Laura y Raquel de una manera tímida, Valeria con gran intensidad y Abril como si estuviese seduciendo a alguien) y de pronto Esteban y Daniel las acompañaban. La música era rock en inglés y los pasajeros nos miraron o con desprecio o gran asombro (sólo un viejito sonrió emocionado, como si evocara su juventud). Permanecí en un rincón con la expresión pensativa y las manos en los bolsillos de mi chamarra.
- ¿Tú no bailas muchach? - me preguntó Daniel Toledo.
- ¡No muchach!... - y añadí con una mueca alegre:- "Los tipos duros no bailan"
- Norman Mailer.- pronunció Esteban sabiendo de que libro yo hablaba.
Abril bailó con mucha más sensualidad, robándose la atención de todos. Daniel, luego de pensarlo un momento, se le unió. Hicieron algunos movimientos extraños y en el paroxismo de su emoción, Abril se atrevió a romperle un poco más la rotura que el pantalón de Daniel siempre llevaba en la rodilla. El baile terminó abruptamente y ante la expectación de los rostros de la gente, de Laura, de Valeria, de Raquel, Daniel Toledo rompió mucho más su prenda. Rasgó, rasgó, hasta que mostró la licra café que siempre utilizaba para sus ensayos.
- Un pantalón menos.- susurró Valeria y se encogió de hombros.
- ¿Y ahora que procede, muchach? - le preguntó Esteban Hernández.
Abril, traviesa, comenzó a danzar otra vez y Daniel se quitó los jirones de tela y decidió:
- Así me voy a ir a mi casa.

Laura Soto: La cafetería de la Facultad lucía sucia y nostálgica. Sólo un trío de mesas estaban ocupadas y en la cocina los empleados lavaban los trastes con desgana. Anochecía y entré al lugar porque desde la entrada distinguí a Laura y a Daniel.
- ¿Qué tranza? - él me dijo cuando me les acerqué.
- ¡¡Muchach!! - Laura me dio un beso en la mejilla y me abrazó como siempre lo hace cuando nos saludamos.
Me senté junto a ellos en una de la mesas últimas del sitio y de repente Daniel informó:
- Voy a ir por una ensalada.- se puso de pie, pero en vez de comprarla en la cafetería, fue por ella a una tienda más alejada.
- ¿Tienes clase? - me preguntó Laura, algo distraída por un libro de escenografía que hojeaba sobre la mesa.
- No.- mentí - ¿Y ustedes?
- Ya no...
- ¿Están ensayando una obra? - pronuncié mirando las imágenes coloridas del libro.
- Sí... Es para el fin de semestre.- Laura se concentró mucho en una foto (telas negras, telas rojas, una estrella) y tras cuatro minutos volvió a hablarme: - ¿Quieres Té? Está caliente.
Tomé el vaso de plástico de un litro y sorbí con delicadeza. No bebí mucho. Apoyé mis brazos sobre la mesa y mi mentón sobre mis manos. Daniel tardó demasiado en regresar y durante ese tiempo permanecimos silentes, como si fuésemos extraños. Ella cambió las paginas una y otra vez y yo, con cierta discreción, contemplé sus rasgos dulces. "¿Cómo fue tu niñez, Laura?" quise preguntarle, pero mi boca no estaba en mi rostro. Pensé en ladrones y policías, en sangre y golpes, en mujeres que se desnudan para sus novios y en hombres gordos que no pueden apagar sus computadoras. Algo explotó en mi pecho y por un par de segundos cerré los ojos.
- ¿Por qué tan callado? - de pronto ella me miró a la cara.
- No hay nada que contar.- susurré- ...Nunca tengo nada interesante que contar...

Elena De la cruz: Elena se quitó la playera. Mostró un sostén negro, un vientre blanco y el comienzo de uno senos, no sólo grandes, trepidantes. Le di la espalda de inmediato, tímido, emocionado. La obra de teatro que el maestro de música había exigido como examen final, había terminado. Andrés, Ricardo, Daniel, Laura y Elena, que habían desarrollado papeles de juglares (aquellos cantantes y cuentahistorias errantes de la edad media) se quitaban el vestuario en el pasillo escondido del área de teatros de la Facultad. Dos amigos de Ricardo que habían llegado exclusivamente para presenciar la obra de teatro también estaban allí. El maestro salió por la parte trasera del pequeño teatro y se acercó a los actores para felicitarlos (El público - madres, hermanos, amigos - momentos antes se levantó para aplaudirlos).
- Yo me llevó esto.- dije y tomé una maleta café donde mis amigos guardaron parte de su vestuario.
- ¿Quién va a guardar las cosas? - preguntó Daniel Toledo.
- Elena ¿no? - pronunció Andrés Díaz ajustándose sus pantalones.
- Yo me las llevó a mi casa, pero acompañenme a mi carro para dejarlas.- prometió aquella chica que alguna vez me abrazó.
Dos horas antes de la obra de teatro había comprado en el mercado de Mixcoac un arreglo floral pesado y grande. Había gastado casi todo mi dinero en ello, por lo que no pude tomar un taxi. Con mi frente sudorosa y un paso dificultoso - todas las personas que cruzaban su camino con el mío volteaban hacia mí extrañadas o sonrientes, algunos niños me señalaban y algunas chicas me decían: "¿No me lo regalas a mí?" - viajé por el metro hasta Ciudad Universitaria. El arreglo floral se lo encargué al dependiente de una pequeña tienda y se lo presenté a Elena cuando la obra de teatro concluyó (aunque por un momento estuve por interrumpir el parte última de la misma y decir frente a todos - frente a la madre y a la hermana de Elena -: "Esto es para la chica más hermosa de la Facultad"). Nos marchábamos y aunque mis brazos estaban molidos por mis entrenamientos de taekwondo, yo cargaba tanto el regalo de la chica que alguna vez me sonrió emocionada y aquella maleta. Y al ver ésto ella me preguntó:
- ¿Puedes con las dos cosas?
- ...Puedo hacerlo solo.
Cinco minutos después el amigo de Ricardo, un chico alto, agradable y llamado Aarón, me cuestionó:
- ¿No quieres qué te ayude?
- ...Puedo hacerlo solo.- repetí enojado.
- Déjalo Aarón, él es un tipo rudo.- pronunció Ricardo Ruiz en un tono burlón.
Esteban Hernández apareció y al verme me informó:
- Para hacer las cosas que tú haces hay que estar o muy tonto o muy decidido.
- Yo hago siempre lo que quiero.- murmuré con los brazos temblorosos y el pecho agitado.
Caminamos rumbo a la salida de la Facultad, Elena y Andrés al principio; Laura, Daniel y Esteban después; luego, y riéndose de todo, Ricardo y su par de amigos; y ya por fin mi figura transitaba rota y estúpida. La madre de Elena salió de la cafetería escolar y platicó con los actores por algunos minutos. Para que no me viera, me escondí detrás de un pilar, sin embargo la hermana de Elena (de unos 17 años) me descubrió y al hacerlo sus ojos me miraron sin parpadear.
- Vamos a dejar las cosas en la camioneta de mi mamá. - informó aquella chica que alguna vez creí gustarle.
En el estacionamiento suspiré y agité mis manos con fuerza. Cada uno de aquellos jóvenes se despidió de Elena y yo esperé a que todos se fueran para hablar con ella.
- Estuvo muy chida la obra.- anuncié y ella, a un metro de distancia, me preguntó:
- ¿Te gustó?
- Sí.- respondí, pero la verdad era que no la había visto completa. Y entonces, con el rubor en el rostro y las palabras torpes, le cuestioné: - ¿Te gustaron las flores?
- Sí.- exclamó con una sonrisa complacida.
- ... Lo único que quiero es hacer sentir bien a alguien... No sé... - murmuré con dificultad y me acerqué a Elena para darle un beso en la mejilla.
- Adiós.- finalizó ella y caminó en dirección contraria.
Y yo, bajo un atardecer nublado, troté para alcanzar a mis amigos.

6 comentarios:

Ricardo dijo...

Recuerdo las partes que me conciernen, he de admitir que no fue exactamente así, pero siento que capturaste la esencia de las circunstancias. La parte de bellas artes, definitivamente así terminó. Ahora puedo decirte que el problema siempre es de uno. Uno dice qué quiere algo, pero lo cierto es que sus acciones lo llevan a otra cosa, la cual es la que realmente buscabamos en nuestro afán autodestructivo. Amamos profundamente el desamor. ¿Por qué? Cada quien tiene su razón. Yo me tardé 21 años en descubrir la mía (te sorprenderías de saber todo lo que el ser humano inventa para ser desdichado). Fueron días de incertidumbre, noches febriles y una madrugada diáfana en la que me encontre a mi mismo y me perdone y muchas cosas más.
De su parte le digo que sé muy poco, pero últimamente una mujer me ha estado enseñando que a veces hay que ser un poco agresivo para conseguir lo que uno quiere en materias de enamoramiento. Sin dejar a un lado la ternura. Sólo no hay que perderse en lo etereo, he ahí el problema de muchos poetas, ¿Por qué existen más poetas hombres? Porque el hombre tiene una mente más romantica y hay veces en que las mujeres dirían: "no me toques el cerebro, tocame el cuerpo"; pues no hay que olvidar que somos de carne.
Gracias por el cuento, ha puesto un poco de mañana en mis nocturnos recuerdos.

Alfredo Cuauhtémoc Pérez dijo...

Camino, escucho, observo, tomo la realidad y la transformo en signos que plasmo en un papel. Escritos que serán huellas en la arena y que el mar se llevará. En "La soledad más desnuda" soy lo más sincero posible, esto es mi vida y mentir es mentirme a mi mismo. Sonreírle a una niña o matar a un hombre, sea lo que sea, haga lo que haga, lo escribiré. Y con ello, además de tratar de comprender quien o que soy, buscaré llamar la atención... una atención que no tengo en ninguna parte.
Extraño sus malabares, tanto amorosos como con con las pelotas.

Ricardo dijo...

Aquí le dejo un link de un malabarista sensacional, independientemente de su técnica, que es notable, hay algo mágico.
Sabe, hay fotos que dejan un resabio, porque nos recuerdan lo que ya no somos y lo que quismos ser, que tampoco somos. Siga con sus historias.

http://www.youtube.com/watch?v=CnqES24g2tE

P.d. Recuerde que la vida es un juego que se puede renovar cada día. Sólo hay que estar dispuesto a jugar.

Alfredo Cuauhtémoc Pérez dijo...

He visto el video y unos cuantos más (¡El tipo camina y hace malabares con los pies!), y creo que usted,con otro año de entrenamiento, lo supera.
¿Usted ya hace malabares utilizando los pies?

Laurasia dijo...

Silencios... aveces tampoco tengo algo que contar pero estamos, su silencio y el mio y me basta para preguntar ¿Qué más?

Alfredo Cuauhtémoc Pérez dijo...

A veces tengo ganas de platicar tantas cosas, pero las palabras no salen. ¿Le ha pasado?
Quizá por eso escribo, digo todo lo que no puedo decirle a alguien.