Extendí
las manos, extendí las manos como si fueran tentáculos, como si fueran raíces y
tocaran la tierra, como si fueran ramas y rasguñaran el cielo. Te sentí más
cálido que siempre, como un volcán anunciando su grieta en el mar, como si mis enormes brazos hubieran llegado
al centro de todo. Como si tu sonrisa fuera una roca flameante, como si
fuera el principio y el final de todas las cosas. Cuando pensé que lo nuestro
era un reencuentro, me escupiste a la cara. Mis nervios, aún conectados, aún
alertas, sintieron el rugido de los leones moribundos, el frío helado del
cielo, la humedad infinita del mar, el asco del vértigo, la estupidez del
hombre, el hambre del manatí, el llanto de un rinoceronte, la piel escamosa de
una mosca. Sentir tanto a la vez fue devastador, tremendo, horripilante y
revelador.
Lo
que eras tú, lo que había soñado no era ese reencuentro, era otra forma de
contacto. Tú ya no eras el mundo, yo estaba otra vez equivocado. Entonces, mis
piernas se enroscaron como un listón y se volvieron ruedas con las que me eché
a andar. Le di la espalda al mundo y aceleré por acelerar. Mi voz fue otra vez
mía, mi amor dejó una estela detrás de sí. La noche se devoró el sentido de las
cosas y cuando desperté, no te fui a buscar.
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