miércoles, 18 de junio de 2014

Acepté tu renuncia




Extendí las manos, extendí las manos como si fueran tentáculos, como si fueran raíces y tocaran la tierra, como si fueran ramas y rasguñaran el cielo. Te sentí más cálido que siempre, como un volcán anunciando su grieta en el mar, como si mis enormes brazos hubieran llegado al centro de todo. Como si tu sonrisa fuera una roca flameante, como si fuera el principio y el final de todas las cosas. Cuando pensé que lo nuestro era un reencuentro, me escupiste a la cara. Mis nervios, aún conectados, aún alertas, sintieron el rugido de los leones moribundos, el frío helado del cielo, la humedad infinita del mar, el asco del vértigo, la estupidez del hombre, el hambre del manatí, el llanto de un rinoceronte, la piel escamosa de una mosca. Sentir tanto a la vez fue devastador, tremendo, horripilante y revelador.

Lo que eras tú, lo que había soñado no era ese reencuentro, era otra forma de contacto. Tú ya no eras el mundo, yo estaba otra vez equivocado. Entonces, mis piernas se enroscaron como un listón y se volvieron ruedas con las que me eché a andar. Le di la espalda al mundo y aceleré por acelerar. Mi voz fue otra vez mía, mi amor dejó una estela detrás de sí. La noche se devoró el sentido de las cosas y cuando desperté, no te fui a buscar.

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