Arturo Rayos X, sólo con la mirada, desintegraba la carne de la gente, dejando únicamente sus osamentas; las cuales continuaban sus movimientos un par de minutos y luego caían fenecidas. Lo hizo varias mañanas hasta que, sin percatarse, volvió calavera a su mamá. Luego, se sacó los ojos con sus falanges.
(O esto me contó un viejo ciego afuera de la estación Tezozómoc del Metro para que le diera limosna).
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