Un día viví en tus brazos, era el día en que los peces bajaron del cielo y te comieron el rostro a pequeñas mordidas saladas; el mismo día que la luna se quemo con las ondas del mar, y el día en que la noche se lleno de historias que susurraba el viento a las campanas de la escuela.
Sí, y no me acuerdo de tu rostro, sólo se que eran tus brazos de serpiente los que me asfixiaban lentamente, los que se enredaban en mis costillas y partian mi abdomen en dos.
Y para que quiero recordar tu rostro?, a fin de todo nunca he vivido en la realidad de las fotos ni de los nombres. Nunca te encontaria aquí o allá, eres escurridiso de las paredes rojas y por más que uno quiera el viento te lleva cual ropa tendida.
El día que te quedaste parado fue sólo para atraerme; mordí el ansuelo y entonces, ¡ZAP!, ahí estaba yo, buscandote por todos lados, siguiendote las llemas de los dedos, contandole al agua del río como era el sonido de tus cabellos electricos. Poco a poco me llevaste al teatro de tu amor, pusiste cuerdas a mis piernas y brazos; me di cuenta que yo ya no era más yo, que ahora era todo y que ese mundo que veia no era más que la parte de afuera de donde venia.
¡Entonces me dormi, y desperte!
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